Joaquín

¿Qué buscas?

Una nueva Semana Santa. Otro Domingo de Ramos se alza majestuoso. El autor sale a recorrer las calles en busca de esos momentos con los que se reencuentra cada año

QUÉ buscas en esta tarde? ¿Qué intentas encontrar entre los recovecos del alma y la memoria? Has pasado los días esperando, intuyendo, espiando en las páginas del calendario este blanco que lo inunda todo, que lo transforma todo, que todo lo envuelve en un discurso teológico hecho realidad o en una realidad convertida en ficción.

Porque ahí radica la clave, en esa bipolaridad de la Semana Santa. Desde una orilla, algo tan impalpable como la fe en un Dios bueno se pondrá a nuestro alcance, surgirá de forma inexplicable ante nuestros ojos, se plantará ante nuestra alma inquiriendo, preguntando, señalándonos con esos dedos delgados, con esos ojos profundos, con esas manos abiertas. Desde la otra, se nos permitirá acercarnos a ella como un espectáculo, una sacra pasión sin más contenido ni fin que el deleite estético, un elenco de artistas anónimos escondidos entre una tramoya de bordados y dorados, músicas y luces, una realidad convertida en drama abierto, en narración previsible, a veces en comedia de esperpento.

Entre ambas orillas un caudal de amor, sentimiento, luz, fe, tradición, arte, entrega, sacrificio… una vorágine difícil de abarcar en su totalidad si no es desde la claridad de la infancia, desde la inocencia de los sentidos, desde la más sincera apertura del intelecto a cuanto a la vez que pasa queda grabado en la persona.

Es posible que el miedo o los propios prejuicios nos mantengan asombrados y cautos en la seguridad de la rivera, sin ánimo ni convicción para tratar de entender la totalidad de lo que va a suceder en este día, en esta semana. Es posible incluso que, entretenidos en el paisaje, volvamos la espalda a la verdad total que se nos muestra sin tapujos en este río que nos lleva de cascada en cascada, de emoción en emoción, que se nos brinda abierto como el mar del Éxodo para que podamos encontrar toda la profundidad que los siglos han escrito, a fin de hacer más comprensible, más cercano, más amable, más auténtico, al único Dios hecho Verdad Eucarística.

Porque no son los hombres y mujeres de hoy los que abren las puertas de este Domingo de Ramos; ni los priostes, ni los mayordomos, ni tan siquiera los hermanos mayores de hoy descorren los cerrojos de los portillos de la vida nueva que nos llega. No, hace más de medio milenio que unas desconocidas líneas negras en los ajados libros de hermanos nos legaron el milagro que transforma la ciudad.

Por eso yo saldré a buscar las mismas manos redondas y fuertes, las mismas frentes despejadas y tersas, el mismo ruán, las mismas lágrimas desechas en el mismo abrazo de la sangre que durante casi medio siglo marcó el final del largo camino de la noche del Amor. Las buscaré en la misma esquina solitaria entre la bulla, allí donde las conchas nos cobijaron bajo el púlpito, pegado a las columnas centenarias donde se oscurece el brillo de los ojos de Dios.

Las buscaré entre el mar negro de agujas negras, en el lugar en el que las olas de la satisfacción del deber cumplido chocan contra los muros de la humildad, con la sonrisa franca, con la alegría y el orgullo de sólo saberte hermano entre la multitud de hermanos que fueron, que son y que serán.

Cuando los hilos de plata de los cirios, ya callados, se eleven desde el negro triste de los pabilos; cuando el dorado resplandor de un rostro se esconda, dejando la plaza solitaria y muda; cuando al fin la oración de despedida y de recuerdo truene bajo las cortinas de antifaces, entonces buscaré los mismos rostros que nos marcaron este Amor a sangre y fuego.

Los buscaré en la certeza de no hallarlos, en la seguridad de encontrar el hueco triste de la ausencia, con el convencimiento de escuchar, de entender, de creer aquella frase, millones de veces repetida desde la mañana del triunfo ante la muerte; "¿a quién buscas?" Porque el pecho abierto del ave que nos salva, a los pies de este Amor de carne y hueso, es la garantía del ayer, del hoy y del mañana; las aguas mansas, serenas y cálidas del río interminable de la fe de todo un pueblo cercado por las cadena del amor, del sentimiento, de la luz, la tradición, el arte, la entrega y el sacrificio. Una fe que nos asegura que hoy, ellos y nosotros, estaremos con Él en el paraíso.

de la Peña

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