el periscopio

José Ignacio / Rufino

La caída de estos dioses

QUIZÁ a usted también le resulte repelente la muy inconcreta expresión "los mercados". Con ella se pretende denotar a los mercados financieros, esto es, un sistema complejo formado por los bancos, la bolsa, las grandes empresas y fortunas del mundo, los fondos de inversión y los de nuestras pensiones, la emisión y compraventa posterior de títulos de deuda, y otras operaciones más arriesgadas y especulativas, potencialmente dañinas para gente inocente... es decir, gente que ni tiene qué invertir, ni sabe nada de esos mercados ni de su funcionamiento, aunque sean el prota del telediario. Gente que puede verse sin trabajo, sin ahorros, sin pensión, sin cobertura por desempleo o sanitaria, o crujida a impuestos. Todo ello por la acción quirúrgica contra su país por parte de los mercados.

Los mercados no son buenos ni malos, sino todo lo contrario. Los mercados, hoy, engullen cualquier cosa que les ofrezcamos como sacrificio: una rebaja de los salarios públicos, un mutilación de las inversiones públicas, una reforma de la Constitución, cien provincias. La nueva teogonía tiene como minotauros y quetzalcóatls a operaciones de compraventa que castigan los pecados presupuestarios y los vicios crediticios de países, empresas y personas. Dicen que son miedosos, pero son poderosos e invisibles. Nadie los ve comer, pero comen. Literalmente degluten, como sucede en el mercado de alimentos de Chicago, en el que hace veinte años Goldman Sachs descubrió que podía hacer negocio tratando al pan nuestro de cada día como un activo financiero más (ver para creer el informe de Frederick Kaufman en Harper's: La burbuja alimentaria, o como Wall Street mató de hambre a millones y se fue de rositas).

Resulta tentador -e inquietante- comparar el curso de los acontecimientos pre y post crisis con otras crisis económicas. Historiadores tiene la ciencia, pero las recesiones más graves del siglo XX acabaron en guerra. Una década de exuberancia dio paso al auge de los totalitarismos redentores de grandes masas de población desempleada y empobrecida. Clases medias proletarizadas, crecientes brechas de riqueza, trasvase de poder económico de unos países decadentes a otros emergentes... No acabaremos en guerra, pero sí asistiremos al declive de los dioses vigentes. El problema es si, para ello, crearemos otros dioses igual de impetuosos. Si aprendemos de la Historia (¿quiénes deben aprender? Buena pregunta), debemos evitar que el paro y la desprotección acaben por llevar al altar de nuevo a los violentos dioses del totalitarismo.

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