En tránsito

eduardo / jordá

O la de calor

HACE quince días, en la sala de observación de un hospital público -éramos 28 enfermos tendidos en camillas, cuando afuera en la calle la temperatura rozaba los 42 grados-, de pronto se cortó el suministro de aire acondicionado. Al poco tiempo empezaron a oírse lamentos que surgían de las camillas y todas las enfermeras se pusieron muy nerviosas. Repito que estábamos viviendo la ola de calor que todavía no ha remitido, éramos 28 enfermos en una sala no demasiado grande, y a nuestro lado, en otra sala contigua, se amontonaban otros treinta enfermos más. En total, entre enfermos y personal sanitario, éramos unas 70 personas apiñadas en muy poco espacio. Imagínense cómo es eso cuando de repente deja de funcionar la refrigeración y la temperatura exterior alcanza los 42º: los nervios se disparan, la tensión se hace insoportable y la difícil convivencia de tanta gente hacinada en tan poco espacio parece a punto de saltar por los aires. Por fortuna, el aire acondicionado volvió a funcionar, pero me pregunto qué habría pasado si la avería hubiese continuado un día entero. O dos. O una semana. "Apocalipsis caníbal", ésa podría ser la respuesta.

Cuento esto porque todo indica que el aire acondicionado -y el consiguiente aumento del consumo energético- va a ser una necesidad ineludible en nuestra Andalucía, y más aún en los tiempos del cambio climático. Pero como viene siendo habitual, nadie parece haberse tomado en serio la terrible amenaza que se nos viene encima. Ahora mismo, en plena ola de calor, las compañías eléctricas deben echar mano del carbón, que es el combustible más contaminante y más caro -y por tanto el que más aumenta el efecto invernadero-, porque la energía eólica no es suficiente y apenas contamos con otras fuentes de energía. Es decir, que el consumo energético será cada vez más caro y contaminante, con lo que entraremos en una espiral aterradora: a los ciudadanos nos resultará cada vez más cara la factura eléctrica, al tiempo que cada vez habrá más contaminación y más efecto invernadero. O sea, una obra maestra de la pésima administración y de una torpísima planificación energética.

Y por supuesto que ninguno de nuestros partidos se va a poner de acuerdo en solventar este aspecto esencial de nuestra vida, igual que no se pondrán jamás de acuerdo en consensuar una ley de educación o una política común sobre la Sanidad pública. ¿Qué está pasando aquí? ¿Y cómo es posible tanta improvisación y tan poca cabeza? Pues así vamos.

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