la ciudad y los días

Carlos Colón

El camarero Lee Van Cleef

SUENA el carillón del reloj de bolsillo. Después la guitarra eléctrica. Tras ella el órgano. Y finalmente la trompeta. El camarero Lee Van Cleef mira a los ojos desde lejos, como si la larga barra fuera la desierta Main Street de un pueblo del Oeste. Se masca la tragedia. No extrañaría que los otros clientes se alejaran atemorizados de la barra y el que el dueño del bar se ocultara tras ella, mirando con preocupación el gran espejo que le han traído desde Nueva Orleans.

Pasan los segundos. Sin apartar la mirada de su víctima el camarero Lee Van Cleef desenfunda o, lo que es lo mismo, coge el jarro de la leche humeante en el que ha estado metido el tubito del vapor hasta rozar la explosión, haciendo hervir la leche y dejando sordos de por vida a los desgraciados que estaban cerca de él. Siempre con los ojos clavados en su víctima el camarero pistolero avanza con el ígneo jarro en una mano y la taza del café en la otra. La víctima, es decir el cliente, le ha pedido, como siempre, como todos los días desde hace muchos años, un café con la leche fría. Petición que debe sonarle tan extravagante como pedir un Cola-Cao en el saloon de Tombstone, Arizona.

Se lo debió tomar como algo personal y desde entonces desafía cada mañana al cliente a que desenfunde la jarrita de leche fría que hay en la barra mientras él desenfunda el jarro con la leche hirviendo. A ver quien gana. La escena se desarrolla, como habrán supuesto, en cámara lenta. El camarero Van Cleef clava los ojos en el cliente mientras avanza hacia él, alzando lentamente el jarro humeante para verter la leche hirviendo en el café. Hay que estar atento. Una distracción puede costar tener la lengua como un zapato toda la mañana.

Si el cliente no está distraído hablando con un amigo o enviando un sms y tiene tiempo de saltar gritando "¡Nooooo! ¡Es con leche fríaaaaa!", el Lee Van Cleef aparta lentamente el jarro hirviente y pone sobre el mostrador el café gloriosamente negro -negro como el traje de Jack Palance en Raíces profundas, el de Yul Brynner en Los siete magníficos o el del propio Van Cleef en La muerte tenía un precio- con un gesto de leve contrariedad que apenas disimula un "ya te cogeré otro día". Pero si el cliente es demasiado lento o está distraído, el pistolero de la leche hirviendo avanza sonriendo con media boca y mirando directamente a los ojos sin dejar de verter el ardiente líquido lácteo en el café, que deposita con gesto triunfal ante su víctima como un humeante trofeo cuyos vapores hasta le empañan las gafas. Sucede todos los días, en este Tombstone sin Wyatt Earp que lo defienda al que llamamos Sevilla.

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