POR montera

Mariló Montero

El cambio climático de los huevos

DICEN que dijo Jaime Potti, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, que el tamaño de los huevos se está reduciendo. Lleva toda la vida como el Apilio de Rodin, observando y pensando sobre el comportamiento y la bucólica vida de las aves. Tenía cierto empeño en estudiar la evolución de una en concreto que es tuteada por las puristas enciclopedias como Ficedula hypoleuca, cuyo apodo, nacido de entre las sofisticadas jergas de los lumbreras, se transformó en un simplón "papamoscas". Durante las templadas primaveras, cuando brilla el sol y las moreras bordean los campos cubiertos de una pelusa amarillenta y aromática, Potti -nuestro Apilio Pensador- miraba al cielo desde una piedra que sujetaba el dobladillo de la falda del monte vigilando la llegada anual de los cálidos aires estivales que halan hacia nosotros las aves migratorias. A partir de ahí, todo empezó a ir mal. Potti vive en una inquietud yerma por la desaceleración en el engorde de los huevos del papamoscas.

Para disipar posibles dudas, la reducción progresiva de tamaño en estos últimos dieciséis años del ovoproducto se achaca al mal bajío del calentamiento global, aunque, para aminorar sus responsabilidades, sería más exacto echarle las culpas al enfriamiento global. Si la puesta del papamoscas ha pasado al sufijo diminutivo se debe a que la larva de la oruga -su principal alimento- no se le pone a huevo para comérsela. Y es que la oruga tiene sus propios problemas ante la reincidente ausencia del calor necesario para que las larvas se abalancen sobre las frías pajillas del nido. Por culpa de tan ominoso cambio, el papamoscas pide más que un sin techo y quizá pasa hambre hasta en el África subsahariana, de donde viene.

El ave tiene unos caprichos migratorios parecidos a los de los americanos jubilados que bajan a Miami cuando pega la ventolera por el norte; o como mi tía Floren, que se pasaba el invierno en Torremolinos. El sol refuerza los huesos y los huevos.

La solemne meditación del investigador y su poderosa batalla interna por la contracción de los huevos sorprende en las cocinas vanguardistas. Hemos de recordar que la evolución natural ha reducido los volúmenes dinosáuricos e intensidad de sabor de los productos de las puestas y las huertas.

Hace mucho tiempo que dejé de ver y comer los colosales huevos de las gallinas ponedoras que tenía mi padre en la huerta y que mi madre me mandaba recoger con un cesto de mimbre. Esperaba la caída de cada pieza como las bolas del Telecupón. La excitación se sublimaba cuando al cascarlo salían dos yemas. El papamoscas, aunque nos advierta de las alteraciones de los ciclos naturales, no sorprende por la naturaleza del cambio de los ciclos.

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