Tribuna

Francisco González García

La canción del verano finesa

LA República de Finlandia y el Reino de España tienen en común un hecho musical singular: ambos países iniciaron su participación en el Festival de Eurovisión en el año 1961. España, sin Reino, ha vencido en dos ocasiones en este concurso (1968 y 1969) y, con Reino, lo seguimos intentando. Igualmente Finlandia, siempre República, lo intentó hasta que en el año 2006, después de más de cuarenta participaciones, consiguió el triunfo festivalero. Imagino que no son comparables los honores y homenajes que recibió Massiel en el 68 con las cien mil personas que aclamaron en Helsinki al grupo Lordi ni al hecho de que recibiera las llaves de la ciudad de manos de la mismísima presidenta de la República.

Situándonos en las comparaciones resulta que Finlandia y España también comparten otros hitos. Dejo al entendimiento del lector considerar si éstos son más o menos importantes que la cuestión musical previamente comentada. Resulta que en la mayoría, si no todos, de los informes internacionales sobre calidad educativa Finlandia aparece en el primer puesto, o de los primeros situados. A su vez España suele quedar casi siempre en los últimos puestos de esas clasificaciones (sin entrar en las clasificaciones autonómicas).

Es por ello que todos nuestros gobiernos se lanzan a las reformas educativas en cuanto pueden, es decir, en cuanto tienen mayoría absoluta en el Parlamento. Ya sabemos que todas esas reformas son bien intencionadas, las haga quien las haga, y que por supuesto sólo buscan mejorar la educación, es decir acercarnos alguna vez a los fineses en los informes educativos de referencia internacional. No vayamos a pensar en otras cosas.

Lo dicho: se nos aproxima otra reforma. Lo apuntó el ministro hace unos días. Claro que tras tantos cambios de siglas (EGB, BUP, ESO, COU) y leyes (LGE, Logse, LOE) las posibilidades se van agotando y el personal se va tomando las cosas un poco a broma. Algo así como al estilo del festival eurovisivo de los últimos años. Sin embargo, y siendo serios, podríamos tomar en consideración algunas de las cosas que se vienen haciendo en Finlandia. Puede que por ello, entre otros factores, siempre se sitúen en los primeros puestos antes referidos.

En Finlandia para entrar en los estudios que conducen a los grados de profesor de Primaria hay que sufrir un proceso de selección bastante duro. Se requieren notas de Bachillerato de 9 sobre 10, se realizan entrevistas personales y hay que acreditar servicios previos a la comunidad, digamos que como muestra de cierta vocación de servicio. Requisitos semejantes se exigen para entrar en los estudios que permiten ser profesor de Secundaria. Todo ello, además, sazonado con un control del número de plazas que dan acceso a esos estudios, en función de las previsibles necesidades del sistema educativo (es decir, número de alumnos, escuelas, materias, etcétera).

En España los estudios de Magisterio se pueden cursar desde cualquier tipo de Bachillerato, hay centros universitarios que los imparten en todas las capitales de provincia y en todas las universidades. El recién estrenado Máster de Secundaria se puede cursar en todas las universidades y es muy raro que exista alguna restricción de entrada para cualquier licenciado que desee realizarlo. Podemos hacer muchas lecturas al comparar ambos sistemas. ¿Realmente todos los españoles tenemos vocación de maestro o profesor? ¿Todo el mundo vale para maestro o profesor? ¿Por qué no invertimos en formar a los que necesitamos, digamos al estilo de otras carreras que tienen un alto prestigio profesional?

El propio Parlamento de Andalucía (Dictamen de la Comisión de Educación de 28 de Junio de 2011) aconsejaba "reducir sensiblemente el número de alumnos de nuevo ingreso a los estudios de Grado de Magisterio y del Máster de Secundaria, adecuando esta oferta a las necesidades reales del sistema educativo andaluz". En estos tiempos de crisis, donde la demanda de formación parece dispararse, ya sabemos a qué centros no se va a permitir reducir la oferta. A los mismos de siempre, en los que la inversión por alumno es escasa pero las matriculaciones permitidas son muy elevadas.

Seguiremos con la misma miopía de décadas, seguiremos reformando las leyes, las siglas, las etapas educativas, seguiremos esperando tener mayoría absoluta para hacer la contrarreforma de la contrarreforma. Al final todo el tema educativo termina igual que la canción del verano: todas nos parecen igualmente malas. O esperamos que suene la flauta, como a los finlandeses de Eurovisión.

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