La ciudad y los días

Carlos Colón

Para candado, el de San Ramón

UNA costumbre tiene gracia, singulariza un lugar y atrae turistas cuando es única. Sólo en Roma, en Santa María en Cosmedín, está La boca de la verdad; y sería tan absurdo andar metiendo la mano en las bocas de estatuas o relieves de otras ciudades como dar por buenas las copias de plástico de la boca romana que se ven en los salones recreativos: una boca en que meter la mano no hace de cualquier sitio Roma. Cada ciudad tiene sus leyendas, unas más antiguas y otras más modernas, que popularizan determinadas costumbres o ritos. Cuando una se extiende por muchas ciudades, como es propio de estos tiempos de pandemia de la tontería, pierde su sentido y pasa a convertirse en una estupidez global. Es el caso de los dichosos candados que afean el puente de Triana -Bien de Interés Cultural- a causa de una cursilería importada por estudiantes italianos e inventada por un escritor romano de best-seller románticos para adolescentes. Una cuestión menor, desde luego, comparado con lo que patrimonialmente está cayendo sobre Sevilla. Pero molesta y reveladora.

En un reportaje sobre Moscú he visto hace poco apelotonarse los candados. Supongo que a estas alturas cada ciudad tendrá un lugar guarreado por ellos como símbolo de un amor eterno que, por otra parte, desmienten las estadísticas de divorcios. Las tradiciones y las costumbres se globalizan, como los concursos televisivos que se repiten por todo el mundo (Slumdog Millionaire) idénticos hasta en sintonía y decorados. En nada, por lo tanto, singularizan al puente de Triana estos candados. Y mucho lo afean. No vale el argumento de que así nacen las tradiciones, de anécdotas a veces criticadas; porque de lo que se trata en este caso es de más de lo mismo por todas partes. Bastará que a alguien se le ocurra poner un candado en cualquier sitio para que otros se apresuren a poner los suyos. Y bastará que sean muchos para que la cosa se haga intocable, falsa tradición propia este momento de simulacros, sentimentalismos de best seller, solidaridades de tele-maratones y popularidades florecidas en la telebasura.

El Ayuntamiento, como informaba el compañero Alejandro Castillero, "no ve una agresión contra el patrimonio en la instalación de estos cerrojos sobre las barandas del puente". ¿Cómo había de ver una agresión en esta pulga, si no la ve en el Godzilla de la Encarnación o del Prado? Además llegan tarde. Para candado ya teníamos el de la boca del mercedario San Ramón Nonato de la capilla del Museo. Pero como se lo puso la morisma para que no predicara, supongo que recordarlo atentará contra la Alianza de Civilizaciones.

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