Editorial

El caos paquistaní

EL asesinato en atentado de Benazir Bhutto, líder del Partido del Pueblo, deja a Pakistán en una situación aún más convulsa de la que ya vive -casi 800 personas han sido este año víctimas del terrorismo- y llena de inquietud a la comunidad internacional por la importancia estratégica de esta nación fronteriza con una gran área en conflicto que se extiende desde Palestina hasta Afganistán. La dinastía política de los Bhutto equivale en Pakistán a lo que representa en la India la familia Gandhi y ambas gozan de la misma aura de martirio derivada de la forma violenta en que han perecido algunos de sus miembros más significados (por ejemplo, el padre y dos hermanos de la propia Benazir), por lo que una ola de indignación popular por este asesinato en la nación paquistaní podría tener consecuencias imprevisibles. Bhutto ya era una figura histórica por el hecho de haberse convertido en la primera mujer jefa de Gobierno de un país musulmán, cuando tan sólo tenía 35 años. Dos veces ganó las elecciones y en las dos hubo de dejar el poder prematuramente por las presiones de los militares; la última, entre acusaciones de corrupción, le llevó a un forzado exilio que duró ocho años y del que regresó hace tan sólo 71 días, sin que tan prolongada ausencia causara una mengua en su popularidad, sino todo lo contrario: ante las elecciones convocadas en un plazo de dos semanas, Benazir era la gran alternativa al presidente Pervez Musharraf. Este último ya ha sido acusado por los seguidores de Bhutto de no haber adoptado las mínimas medidas de seguridad para evitar su asesinato, aunque tras la muerte de esta mujer proocidental y laica puede estar cualquier facción de las que operan en el país, cada día más dividido y donde el régimen militar imperante ha sido incapaz de evitar un macroatentado tras otro. Lo que puede ocurrir a partir de ahora es una incógnita, desde que este asesinato sirva para unir a todo el frente opositor a que deje sin legitimidad al ganador de las inminentes elecciones, si es que finalmente se celebran. Pakistán, donde también actúa Ben Laden y Al Qaeda, se ha convertido en un polvorín, con el riesgo añadido de que quien obtenga el poder se hará también con su arsenal nuclear.

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