En abierto

Las caras de los ganadores

DOS estampas diferentes se quedan de la vibrante jornada de ayer y ambas están absolutamente en las antípodas. Mientras los baloncestistas festejaban el triunfo en su verdadera final olímpica, pues la otra, a día de hoy, parece fuera de concurso, un deportista que casi parece autista ponía una cara de cabreo enorme tras haber conseguido semejante premio al que ya tenían garantizados sus compañeros de selecciones española.

Su nombre es David Cal y hasta ha avanzado tanto en cuatro años que llegó a convertirse en el abanderado de la delegación española. No es un aspecto baladí éste, pues en Atenas prácticamente era incapaz de comunicarse con los demás cuando se colgó al cuello sus dos primeras medallas olímpicas. Su entrenador, su persona más cercana, argumentaba que el palista se pasa meses y meses en los pantanos de las montañas como si fuera un monje cartujo, sin tener contacto con nadie en el exterior.

David Cal, en estos cuatro años, parece que sí ha aprendido a hablar, pero lo que no le ha enseñado nadie es a perder. Tras la medalla de plata en los 1.000 metros, su gesto en el podio pertenecía a la estirpe de los ganadores auténticos. Nada de festejar un segundo puesto, nada de alegrarse por la medalla conquistada, nada de aceptar la superioridad que había mostrado un húngaro que, seguro, entrenará el mismo número de horas que él cuando menos y también llevará a cabo la misma vida monástica; el cabreo no podía ser más evidente y el gesto fruncido del gallego lo decía todo. La segunda oportunidad le llegará en la mañana de hoy, en los 500 metros, pero vaya desde aquí una admiración profunda por demostrar que es un verdadero ganador, como los chicos de oro. Ojo, de oro.

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