Lo de menos, el cartel

Un cartel no puede admitir segundas lecturas, lo que sugiere a primera vista es su única verdad

Nicolás Gómez Dávila, de quien tan afectos somos algunos en estas páginas, no se hubiera dejado llevar por la polémica, no en vano escribió que "las artes florecen en las sociedades que las miran con indiferencia y perecen cuando las fomenta la solícita reverencia de los tontos". No son tan tontos los que entre nosotros fomentan maneras amaneradas de arte popular, que su camino llevan y todo concurre al horizonte arco iris que nos preparan. Lea quien dude el atinado artículo de la crítica e historiadora María Fidalgo en SevillaInfo sobre lo que parece haber detrás de determinadas maniobras inexplicables del recién estrenado Año Murillo, bien regado de dineros públicos.

Vaya por delante lo bien que me parece que un artista traslade al lienzo o al papel lo que quiera pintar, llevado de la intención que le plazca. El cartel, como el pregón, es un arte menor en el que se trata de decir mucho con muy medidos recursos pictóricos o literarios. Un cartel no puede admitir segundas lecturas, lo que sugiere a primera vista es su única verdad, y me parece un torpe subterfugio y una falta de valor personal y artístico que Manuel Peña, el autor del polémico cartel de la Navidad sevillana, haya querido justificarse con retorcidas explicaciones en vez de declarar: "Soy un artista y esto es para mí la Navidad".

Otra cosa es que el comitente, en este caso la Asociación de Belenistas, tenga que tragarse y hacer suya la particular visión del artista y prefiera la "solícita reverencia de los tontos", si es que no asistimos a una peculiar y colectiva salida del armario de toda su junta directiva. Muy sevillanamente, han preferido esperar a que escampe. Luego, el cartel servirá para recordar, desde todos los escaparates de la ciudad, que ya no hay Navidad pura o inocente.

Me importan un rábano el cartel, el cartelista y los belenistas, pero sí me importa la Navidad cristiana como algo hoy en grave peligro. La agresión homosexualista no es sino la última -por otra parte tan previsible- que padece, estando ya tan alterado su sentido por un sentimentalismo y un consumismo no menos obscenos. Una sociedad pagana, ¿por qué clase de milagro habría de mantener una Navidad cristiana? Preservarla en los corazones, en los hogares y en las calles sólo está en manos de los cristianos que no se avergüencen de confesar, día a día, al Dios cuyo nacimiento dicen celebrar.

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