La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

La caseta achilipú

El aire de tinglado folclórico de película de los años 60 con flamencas de mucha laca no se lo quita nadie a esta caseta

La Feria es lo que es. Y lo esencial en ella es el carácter privado de la mayoría de sus casetas. Hasta las de asociaciones de diverso tipo tienen este carácter de privacidad que distingue entre socios e invitados. La caseta como extensión del domicilio particular o como espacio privado reservado a los miembros de cualquier club, casino, o asociación profesional es lo esencial de nuestra feria. Esto puede parecer mejor o peor y más o menos hospitalario para con los visitantes sin anfitriones sevillanos, pero es así. ¿Elitista? Creo que no. También para lucirse por el paseo de caballistas hay que tener carruaje o jamelgo -propio, prestado o alquilado- o resignarse a contemplarlos. Y para bailar sevillanas hay que saberlas, para cantarlas hay que tener cierta gracia y para embrujar bailándolas hay que tener otras gracias. La Feria es cuestión de posesiones y de dones.

Por eso es una catetada antiferial lo de la caseta para turistas con capacidad para 400 almas, aire acondicionado (porque se supone que los visitantes con pasta son siempre del frío norte rico, no del indolente sur pobre), cajero automático, intérpretes de inglés, francés, alemán o chino, carta en inglés y español para almuerzos y cenas previa reserva y pago, música ambiental de sevillanas y tres espectáculos diarios de flamenco y sevillanas. Las criaturas que vayan allí no se van a enterar de nada, porque no disfrutarán de la hospitalidad ofrecida o recibida. Pero seguramente se irán tan contentos como esos turistas que, me cuentan, este año han salido de nazarenos en una cofradía porque les habían ofrecido la "experiencia completa" de la Semana Santa. Todo está en venta, no hay por qué cortarse. El Consorcio de Turismo debe vender Sevilla, la verdadera o la falsa, la real o la inventada expresamente para los turistas. Lo mismo da que da lo mismo porque al final los dineros que se dejan son igual de buenos con independencia de en qué se los gasten.

El aire de tinglado folclórico de tablao de película española de los años 60 con flamencas de mucho volumen capilar y mucha laca no se lo quita nadie a esta caseta. Aunque lo bueno es que sus felices usuarios no notarán ninguna diferencia entre la caseta para turistas, la Catedral y el Salvador convertidos en templos-museos para turistas o el centro histórico convertido en comedero y bebedero para turistas. La cosa suena a cola de autobuses ante un tablao de la Ronda.

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