En tránsito

eduardo / jordá

El caso De Gea

Aestas horas, medio país se ha pronunciado ya sobre el caso del portero De Gea y su supuesta -todavía sólo supuesta, repito- participación en un caso bastante oscuro de prostitución y abusos sexuales. Hasta Pedro Sánchez ha dicho que De Gea no debería jugar de portero en la selección, y el otro día se lo oí decir a un periodista en un coloquio: "Un hombre que va de putas no puede jugar con España". Vamos a ver, ¿sabemos realmente si fue un caso de prostitución? ¿Tenemos alguna prueba de que esos abusos sexuales existieron? Porque De Gea no parece el típico usuario de prostitutas -feo, gordo, barrigudo, calvo-, sino un tipo bastante guapo al que miles de mujeres se rifarían si pudieran. Y además es rico y famoso. En fin, que no parece la clase de persona que deba recurrir a las prostitutas. Pero aun así, todo el mundo está hablando de su caso como si esa historia fuese real.

Hace años, en otro episodio de histeria mediática, involucraron al presentador Jesús Vázquez en la trama de prostitución gay del pub Arny. Vázquez -joven, guapo, famoso- dijo muy tranquilo que él no tenía que pagar por acostarse con nadie. El argumento era tan convincente que nadie lo creyó, empezando por la juez (una lumbrera, sin duda). Vázquez estuvo imputado y pasó un calvario judicial, que le costó un cáncer a su madre, por cierto, y al final se probó que no había tenido nada que ver con la historia. Pero la angustia que pasó en aquellos días -que fueron largos, casi un año- no se la puede quitar nadie.

Nos estamos convirtiendo en una sociedad de obsesos que se empeñan en controlar la vida privada de los demás. Hay una especie de pulsión totalitaria que nos empuja a meter las narices en la intimidad ajena, buscando conductas sospechosas, infracciones y Dios sabe cuántas cosas más. Que yo sepa, la prostitución no es un delito, y lo que hizo De Gea sólo es asunto suyo y de su pareja (si no hubo delito, claro, y de momento eso no está probado). Pero ahora basta cualquier insinuación para que se desate una cacería en toda regla contra un individuo que no puede defenderse y ni siquiera sabe de qué se le acusa ni quién lo está acusando. Y esta nueva Inquisición -y esto es lo más grave- se escuda en argumentos aparentemente progresistas o que pretenden defender a los más débiles. Y así, sin darnos cuenta, vamos directos a un nuevo estado policial. Qué miedo.

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