La esquina

El cazador cazado

SE veía venir que el Gobierno no tardaría mucho en filtrar informaciones sobre el uso por altos cargos del PP de aviones oficiales para actos de partido mientras estaban gobernando, incluyendo a Mariano Rajoy, que llevaba unos días centrando su campaña electoral en la denuncia de esta práctica por parte de Zapatero, el domingo para desplazarse a Dos Hermanas y el jueves para ir a Langreo.

Ayer los medios más amigos lo contaron: Rajoy cogió un avión del Ejército -un Falcon, como ahora- en mayo de 2003 y viajó a Mallorca. Voló para asistir a una reunión del Patrimonio Nacional, pero por la noche asistió a un mitin del PP en la campaña para las elecciones autonómicas de las islas (parte del viaje, al menos, fue para un acto partidista, como el de ZP en Dos Hermanas). Federico Trillo, entonces ministro de Defensa, también viajó en avión oficial a diversos actos de dicha campaña. Y Jaime Mayor Oreja confiesa que va a misa los domingos en el coche oficial, y con escolta, que tiene asignado.

No hay nada en ello de lo que avergonzarse especialmente. Mayor alega razones de seguridad para hacerlo, y son razones más que justificadas, pero tienen el mismo peso, como mínimo, las que puede esgrimir Zapatero para haber hecho lo propio. Se podrían repasar los desplazamientos a actos no oficiales de presidentes y consejeros autonómicos y de alcaldes y concejales de capitales, de todos los partidos, y apuesto lo que quieran a que muchos, la mayoría, han actuado y actúan igual. ¿O es que van en su coches particulares o piden a sus partidos que los lleven? Por otra parte, mítines y reuniones partidistas no se producen solamente durante las campañas, sino que se celebran todo el año. ¿Seguro que los presidentes Aznar y González, o Zapatero ahora, no han usado aviones y coches oficiales para acudir a estos encuentros fuera de campaña?

Como aquí tenemos la costumbre de aplicar una sola vara de medir a las conductas de todos, sean quienes sean, insisto de nuevo en que no me parece que esto de los aviones, aunque incorrecto, pueda ser motivo de gran escándalo. Ni lo es con Zapatero ni lo es con Rajoy. Tampoco con algo tan privado e íntimo como el cumplimiento por Mayor Oreja del precepto dominical que su religión le impone. Es Rajoy quien lo ha elevado a la categoría de corruptela escandalosa. Se ha aferrado a los aviones de ZP con evidente fruición, pero también con evidente peligro, como se ha visto: después de ocho años gobernando es difícil no dejar rastro de hábitos que el gobernante adquiere, hereda o impulsa sin conciencia de culpa.

Dos consejos a Mariano: mirar la casa propia antes de denunciar la suciedad de la ajena y juzgar una y otra con el mismo rasero.

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