La ciudad y los días

Carlos Colón

Entre la ceniza y los ramos

OTRA Cuaresma en Sevilla. La vivo con avidez porque cada vez vuela más deprisa, traspasándome sus cuarenta días como si fueran cuarenta horas, sin darme tiempo a verla venir a través de la luz creciente y las tardes tibias de marzo; a esperarla como a esas cofradías que hay que ver de Cruz de Guía a palio. Y la avidez es mala consejera. Cada año, cuando en la medianoche del Sábado de Pasión aguardo en la cola de la apertura del besamanos del Señor, me digo: ¿ya ha pasado todo? ¿Ya han pasado los atardeceres raso azul Hiniesta y los anocheceres terciopelo azul Carretería? ¿Ya está la Esperanza pidiendo calle, y pueblo, y lágrimas, y oraciones, como si fuera imposible contenerla hasta que muera el Jueves Santo? ¿Ya he dejado al Calvario sobre su paso? ¿Ya cuelga en la sala, blanquísima, cogido el antifaz a ella con alfileres, rojo como la sangre de San Juan de la Palma que nos corre por las venas el círculo en el que se inscribe la Cruz de Malta, la túnica que mañana vestirá mi hijo? Antes, hace ya tantos años, todo parecía más largo, más lento, más hondo. Si eran los mismos días, ¿cómo es posible que cupiera una vida entre la ceniza y los ramos? Es que entonces la vida iba sobre los pies y ahora va a golpe de tambor. Y no les digo hoy quien toca el tambor -sí, esa que sale de San Gregorio- por no ponerles más ceniza sobre la frente: pulvis est...

La vivo con avidez, también, porque hay Cuaresmas que no he vivido en Sevilla, pasos que no he visto crecer en las iglesias mientras la luz crecía en las calles. Un libro de Luis Ortiz Muñoz y Luis Arenas, un disco con portada de Penagos y las marchas "Amarguras" (así, en plural) y "Soleá dame la mano", las fotografías de la Victoria y la Amargura en mi mesita de noche y, si la tía Encarna nos las mandaba desde Sevilla, unas tortas de aceite de Ochoa, fueron muchos años -los más importantes, los años niños- mi Cuaresma. Veía la Catedral y la Giralda azules en el papel que envolvía la caja de tortas y se me llenaban los ojos de lágrimas, como Proust cuando veía una torre que le recordaba la de la catedral de Combray, donde tan feliz fue de niño. Llegábamos a Sevilla el Sábado de Pasión; una vez, el mismísimo Domingo de Ramos, cuando ya por la otra punta de Regina -mis abuelos vivían en el ensanche, frente al mercado- estaba pasando la Amargura; y otra ni tan siquiera eso: ese año, para mí, no hubo más Semana Santa que el pasito que, con más cariño que maña, me hizo mi padre con una caja de zapatos.

Pero basta. Es Miércoles de Ceniza y estamos en Sevilla. Tenemos cuarenta días de gloria intacta por delante.

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