DE POCO UN TODO

Enrique García-Maíquez

Más cera que la que arde

AUNQUE algunos colegas pondrían reparos, la situación ideal de un columnista es vestido de nazareno, haciendo estación de penitencia. Uno se mezcla con sus vecinos de forma totalmente anónima y, para variar, en silencio. Tras el velillo y el hábito, es sólo dos ojos que escrutan y una atención despierta. Lo de los ojos que escrutan, a medida que voy cumpliendo cuaresmas, se difumina y emborrona. Ayer me llevé las gafas para no perder detalle, pero el vaho de mi respiración (dentro del velillo) las empañaba y me las quité: "Ni con gafas ni sin ellas/ tienen mis males remedio:/ con gafas porque se empañan,/ sin ellas porque no veo".

Me concentré en la audición. Las conversaciones del público son interesantísimas, intensificadas por su brevedad. No es que se callasen pronto, qué va, sino que yo marchaba procesión arriba, recreando los fragmentos. He oído greguerías, sentencias, chistes, aforismos, máximas, haikus, soleás, refranes, microrrelatos, jaculatorias y el catálogo completo de la nanoliteratura. Menos es más: ésa fue la gran enseñanza estética de mis seis horas y media largas de procesión. Con una exhaustivo trabajo de campo comprobé que la brevedad es un valor estético muy sugerente. Podría poner ejemplos, pero simplemente levantaré acta de una paradoja: lo menos impúdico fue lo más íntimo, en este caso, las oraciones musitadas a media voz.

Tampoco vayan a creerse que yo era una grabadora. En parte porque también tenía oraciones que musitar y en parte porque los niños no dejaban ni un segundo de pedirme cera. Me gusta mucho esta pesada costumbre de la chavalería de corretear tras los cirios encendidos con manitas de mendigos, piando "por favor, por favor", sus ojos encendidos por la ilusión y el reflejo de las candelas, como en los cuadros de Georges de La Tour.

Los diputados de tramo exhortan muy seriamente a no dar cera a las criaturas; pero, ¿quién se niega? Los niños guapos (las niñas, sobre todo) despiertan mucha ternura, mientras que los feúchos, por todo lo contrario, la misma. Si pidiesen chucherías o regalos, por la caries y la buena educación, sería fácil negarse. Pero uno tira al simbolismo, y Cirlot explicó en su diccionario que la luz se identifica con el alma, que la llama con la trascendencia, que la lámpara con la inteligencia y con el espíritu y que una vela encendida representa una vida particular. Unos niños que quieren la cera de tu vela tal vez te piden sin saberlo un poco de todo eso. Y uno que con su hábito y su rosario ya está señalando a Quien puede darlo, entrega lo que tiene: un hilillo de cera translúcida que enseguida se enfría.

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