Cuchillo sin filo

Francisco Correal

Las chicas son guerreras

LAS chicas son guerreras. Era inevitable tararear con la canción de Coz la revista castrense que la ministra de Defensa, Carmen Chacón, hizo a las tropas en el primer día de su nuevo mandato. Desde Pita da Veiga, ciertamente las cosas han cambiado. Yo pienso que detrás de ese gesto publicitario tan propio de Zapatero, que ha convertido la dignísima acción de formar Gobierno en un sucedáneo de criba de la penúltima fase de Operación Triunfo, quizás haya un sustrato más profundo. Un efecto simbólico.

Una mujer embarazada al frente de los ejércitos es un acto de valentía. Cuenta Javier Marías en la segunda entrega de Tu rostro mañana que no habría ejército más invencible que el formado en sus primeras filas por madres que entregarían hasta el último aliento en la defensa de sus hijos. En ese sentido, el Ejército español está más resguardado que nunca. Vivimos tiempos de asombros bastante cursis: el fútbol no es tan alienante, la propiedad privada no es un robo, los cocineros son unos intelectuales de primera y los soldados tienen su corazoncito. Esos descubrimientos tardíos tienen un trasfondo de bobaliconería que es una mezcla de buenas intenciones y aviesos propósitos, a saber: vender más, conseguir más audiencia, más votos.

El arquitecto José Ramón Moreno y el abogado Manuel del Valle Arévalo son significativos representantes de la izquierda. Combatieron el franquismo y porfiaron para que la democracia fuera una realidad en nuestro país. Los dos ocuparon cargos públicos más o menos por las mismas fechas: en los años del felipismo. El segundo incluso fue el autor de la famosa foto de la tortilla que inmortalizó a la generación que personalizó la incorporación del socialismo a las instituciones. El arquitecto y el abogado expresan en privado su convicción de que en España sería profiláctico recuperar el servicio militar obligatorio.

Antonio Muñoz Molina demonizó la mili en su obra Ardor guerrero. No sé si a todos les fue tan mal. Muchos hicimos amigos y aprendimos geografía. La mili tenía un componente de igualdad: en mi compañía compartían litera en el secarral de Cáceres un profesor de Matemáticas ávido lector de Asimov y un pastor analfabeto de Cómpeta que formaron una piña. No hay mayor comunismo que doscientos tíos durmiendo en un mismo módulo. En este parnaso hedonista de pichas flojas, vendría bien ese master de austeridad, de sacrificio. Quizás por eso Zapatero ha puesto a una mujer al frente del Ejército: para sondear las posibilidades de ese paso atrás. ¡Ar!

Hay además un argumento fundamental: la mili la suprimió Aznar. Por un simple silogismo en bárbara, si lo hizo Aznar está mal hecho.

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