Sueños esféricos

Juan Antonio Solís

El chico que corría más que su sombra

HUBO un tiempo, cuando el Sevilla aún no era nadie en Europa y la mediocridad renovaba su abono en Nervión cada verano, en que un mocoso fue capaz de correr con la pelota más que su propia sombra. A los sevillistas que nacieron en esa época les puede resultar extraña tanto una cosa como la otra. Pero así fue. Ver a José Antonio Reyes en aquel Sevilla de Caparrós era como si entre una flota de utilitarios, de repente, apareciera de la nada un Ferrari. Un lujazo para un club que hacía malabares para pagar la hipoteca.

Doce años y pico después de que Reyes llorara por su necesaria y dolorosa marcha al regazo de un pudiente inglés, va a volver a derramar lágrimas cuando se escenifique su adiós uno de estos días en Nervión. Volverá a resultar doloroso para el protagonista y para quienes disfrutaron de su singularísima zurda. Pero esta vez el dolor del sevillismo no se agudizará, como ocurrió en 2004, por la resignación del tieso, recurriendo a un término tan al uso. Esta vez, la voz quebrada del adiós se va a dulcificar por la impronta del genio.

El fútbol de Reyes ha sido como esas esencias de perfumes tan concentradas, tan puras, que se administran en contadas gotas. Reyes es como es y así había que tomarlo. Que destapara su tarro de cuando en cuando fue precisamente lo que lo devolvió al redil. Si hubiera sido un genio feraz, no se hubiera movido de la vera de Wenger. O de Sergio Ramos.

En su vuelta, su gente, también el propio Emery, tuvo claro que debía transigir con su tendencia a la dispersión. Y que José Antonio terminara de explotar a su duende en días señalaítos, como así ha sido. El dolor de su adiós se disipará pronto. Durará lo que él tardó en cruzar todo el campo para dejar atrás a su sombra y batir al Valladolid: su epílogo con la camiseta blanca no ha podido ser más bello y simbólico. El sevillismo de potrero merecía levantar alguna copa de plata y a la novena lo hizo su mayor talento. Ahí queda.

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