Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Les choristes

VIVA mi coro concede esos minutos de gloria que anhelan esforzados y anónimos ciudadanos. La barriada tiembla de envidia al contemplar en la pantalla a esa vecina, vestida de bandolera a lo restaurante de Benidorm, que rumbosa se contonea mientras versiona por rumbas la canción de algún verano perdido. Y ese director llegando al éxtasis de autoridad, amansando las aguas. Los coros, esas ruidosas (y a veces inconexas) formaciones que rellenan y animan las fiestas estivales y que, eso sí, son los primeros en echar una mano en todos los festivales benéficos que en el mundo han sido, suelen rellenar largas horas en las televisiones locales. La productora de Paco Lobatón lo que ha hecho es aprovechar estos grupos, estandartes de pueblos y barrios, y subirlos a una batea con cámaras para que saluden y se den una vuelta por Andalucía, para terror de los contribuyentes, que ya tenían bastante con la hipoteca, el fisco y los crucifijos retirados. Como en una invasión narrada por Orson Welles, Rafael Cremades amenaza cada sábado con esta batalla importada de Holanda, como la grasienta mantequilla, para arterioesclerosis audiovisual de la peña. Cristina Peña, de El intermedio, también se gana unos eypos en minifalda y frases recurrentes.

El musical de los sábados de Canal Sur es un concierto a cuatro bandas, un encuentro entre prejubilados, amas de casa, pensionistas y cantantes vocacionales. Es decir: va a degüello hacia la complaciente audiencia habitual de Canal Sur, tiene trazas para atraer al público mayoritario de La Nuestra, pero se queda en un empeño algo tedioso. Los coros, por naturaleza, son aburridos. Y en televisión, más. Y si los juzga Pepe Begines, es para exiliarse. Pueden añadirle el ingrediente Evaristo, la mala leche del jurado, y ponerles colmillos postizos de competitividad, pero Viva mi coro tiene difícil enmienda.

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