La ciudad y los días

Carlos Colón

Bajo cielo macareno

LA sorpresa del multitudinario traslado del pasado domingo no fue el Señor. El Gran Poder no sorprende: arrolla, se impone, desborda, ratifica todo lo que sabemos de él y todo lo que amamos en él a la vez que siempre desvela algo que parece por primera vez visto y sentido. Sucede con él como con los padres, conocidos desde siempre a la vez que nunca suficientemente sabidos y amados; ¿quién es capaz de recordar la primera vez que vio al Señor, afirmar que lo conoce del todo y ya nada nuevo le dice, sentir agotado el amor que suscita hacia Aquel que con tanta verdad y tanto poder representa? Este descubrimiento interminable no sorprende porque es parte de su esencia. Al contrario, es lo que esperamos de él en cada encuentro, una de las razones que nos llevan una y otra vez a San Lorenzo para reconocerlo pero también para descubrirlo, siempre igual y distinto, siempre memoria y siempre presente abierto a un futuro ilimitado.

No fue el Señor, pues, quien nos sorprendió el pasado domingo, sino su Madre del Mayor Dolor y Traspaso. Pasa casi desapercibida en su basílica. Sigue con discreción a su Hijo en la Madrugada. Es, en mayor medida que ninguna otra Virgen sevillana, la más fiel a los Evangelios que tan pocas palabras dedican a María. El domingo pasado, sin embargo, atrajo más miradas que nunca. Sin quererlo; porque iba tras su Hijo tan en silencio, tan menuda y tan discreta como siempre.

Por buen ajuar que tenga nunca lució -relució, diría yo- tan hermosa. Algo tenía esa mañana que le daba más de lo mucho y bueno que tiene, más que el moldurón, varales y candelabros de Ferrer; más que la peana dieciochesca de la que han brotado pasos tan poderosos como el del Desprecio de San Juan de la Palma; más que los bordados que Ojeda tomó de los que adornan la trianera casa de su madre la Señora Santa Ana. ¿Qué le daba a la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso, que todo lo tiene bueno, algo que la hacía distinta? ¿Era la forma sobria y a la antigua con que sus priostes la visten? ¿Era la luz que sólo la roza cuando regresa por Cardenal Spínola y llega a una plaza que se desangra de bulla, en la que sólo los suyos la aguardan? ¿Era la corona magnífica que luce siempre, sí, pero nunca tan radiante como cuando el sol le arrancaba todos sus brillos y el Espíritu Santo aleteaba inquieto en su dorada clausura al oír el eco de los cohetes que en la Macarena o el Salvador anunciaban los gozos de Pentecostés? Sí, en parte era el amor sabio de sus priostes, la luz y la corona. Pero no era eso, sobre todo, lo que la hacía distinta. Era el cielo macareno que la cubría.

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