editorial

El cierre de la estación del Prado

EL gobierno municipal tuvo que reconocer hace unos días, a raíz de una denuncia sindical, que dentro de sus planes para el nuevo curso político figura la idea de cerrar la histórica estación de autobuses del Prado de San Sebastián, un edificio de 1940 que hasta la celebración de la Expo 92 fue la única puerta de entrada a Sevilla por autobús. El Ayuntamiento, que insiste en que todavía no ha tomado una decisión en firme, argumenta su plan en base a criterios de índole económica: los ingresos que dejan las empresas concesionarias no cubren ni una mínima parte de los gastos de personal, que corren por cuenta de las arcas municipales. Para tranquilizar a los afectados la Alcaldía promete que los trabajadores serán reubicados en otros servicios públicos y el edificio pasaría a depender de su propietario: Tussam. Entre estas explicaciones, sin embargo, se echa en falta el uso futuro que el equipo de Zoido pretende darle al inmueble, catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC). Los socialistas visitaron el martes la estación y reclamaron al alcalde que mantenga el uso actual (centro de transportes) hasta que se elabore un plan de equilibrio financiero. Lo cierto es que conseguirlo se antoja difícil, aunque el criterio económico, siendo importante, no debería ser el único factor a ponderar. La estación del Prado está ubicada en un espacio que ya es un intercambiador metropolitano, al converger en su entorno el tranvía, Cercanías y la línea 1 de Metro. Cerrarla no tiene lógica si, en paralelo, no se desarrolla una alternativa como la que establece el Plan General: construir una nueva estación para las líneas de autobús del corredor Sur, prevista en subterráneo y con 20 dársenas, una operación que podría financiarse con un aparcamiento en rotación. El futuro de la estación del Prado, cuya potencialidad turística debería hacer reflexionar al gobierno local, no puede abordarse como una mera cuestión de índole patrimonial, sino de movilidad. Un aspecto en el que el Ayuntamiento, asombrosamente, no parece haber reparado.

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