La Campana

José Joaquín León

La ciudad del Corpus

HAY una Sevilla que nunca se va a la playa en el día del Corpus. A las ocho y media de la mañana ya estaban llenos los bares de la Puerta de la Carne, que es uno de los principales centros de distribución de calentitos. Aunque la primacía, por supuesto, sigue estando a la vera del Arco del Postigo, donde se vive una de las tres grandes mañanas para el rito de los calentitos, que como el Consejo de Cofradías tiene tres variantes: Penitencia (mañana de Viernes Santo), Sacramental (Corpus) y Gloria (Virgen de los Reyes).

En este Corpus faltaron sillas y hubo más gente. En verdad es difícil predecirlo, porque hay un público fiel y otro volátil, que se basa en aspectos difíciles de calcular, como el tiempo o el sueño que tengan esa misma mañana. Pero, sea tempranero como este año, o tardío, como en otras ocasiones de junio avanzado, hay unos capillitas del Corpus que están donde deben estar, bien en las filas ingentes y desmesuradas que nutren el cortejo, bien colocados en sus sitios preferidos. Y es que la tradición, pesa mucho aquí, incluso se hereda a través de generaciones. Ves en la procesión a los De la Peña, los Cuéllar, los Moya y son apellidos que evocan a cofrades de otros tiempos, que están en la historia y hasta en la leyenda de la mañana eucarística. Y aunque no lo veamos ya, siempre nos imaginamos que en algún momento pasó, y se nos ha perdido de vista, don Juan Castro Nocera, porque sin él y sus diálogos con los calonges parece imposible una procesión de Corpus Christi. Al fin y al cabo esos cofrades de la Sacramental del Sagrario y la Pura y Limpia del Postigo, las dos hermandades con más pedigrí de la feligresía catedralicia, son los responsables de que esta procesión propiamente dicha no se fuera a la playa, o al garete, hace ya treinta o cuarenta años.

Así vemos esta mañana, en todo a su esplendor, a la Inmaculada en su paso, con más flores y más ramos cónicos y bicónicos, más a lo Palomino aún que otros años. Y se entabla el debate entre quién es San Isidoro, el de las flores blancas, o San Leandro, el de las flores rojas. Antes ha pasado el paso de Triana, el de las Santas Justa y Rufina, y después de los militares nos llega San Fernando, el santo de las dos salidas en una semana. Para ver a San Fernando hay que tener paciencia y sufrir a los tropecientos mil capillitas que salen y que son casi siempre los mismos.

En esas estaba la mañana, después de pasar la Santa Espina, y los curas y los frailes, cuando aparece la Custodia de Arfe con el Santísimo… Entonces se hace uno de los grandes silencios de Sevilla. Y entonces se entiende la ciudad del Corpus, que no es la de la víspera, sino la de esta mañana, cuando Dios mismo se pasea entre las uvas y el trigo.

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