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Juan Ruesga / Navarro /

La ciudad reciclada

Muchos de nosotros crecimos leyendo las historias de Flash Gordon y Diego Valor, en las que aparecían numerosas anticipaciones, tales como los viajes interplanetarios, gobiernos mundiales que organizaban la vida del planeta Tierra, y maravillosas ciudades de altas y esbeltas torres, con autopistas aéreas y vehículos que circulaban por todas partes. Conversaciones desde pequeños intercomunicadores con imagen, vestidos adaptables a las distintas temperaturas y climas, etcétera. Aquellas maravillas se cifraban en un futuro lejano, en el año 2010. Éramos inocentes y confiábamos en el progreso sin límites.

Ya a finales del siglo pasado, nos dimos cuenta de que no íbamos a vivir en aquellas ciudades dibujadas sino que por muchos, muchos años, quizás para siempre, viviríamos en las ciudades que ya habitábamos. Comenzamos a hablar de reutilizar los edificios en los que vivíamos y aquellos que existían en nuestro entorno. Durante años nos dedicamos a rehabilitar viviendas de los cascos históricos, y otros edificios, como teatros, museos, hospitales, etcétera. En nuestro país, este momento de reflexión urbana coincidió con el desarrollo de nuevas instituciones democráticas, que en muchos casos fueron acomodadas en antiguos edificios de gran porte, como el Parlamento Andaluz en el Hospital de las Cinco Llagas. Habíamos aprendido poco a poco. Teníamos museos en antiguos conventos, universidades en viejas y nobles fábricas de tabaco, reutilizamos los pabellones de la Exposición Iberoamericana. Pero aún confiábamos en el progreso y crecimiento sin límites.

Cerca del año 2010, las ciudades de Flash Gordon las vimos surgir en Dubai, Shanghai y otros lugares que se reafirmaban como los países que representan ahora y en el futuro el siglo XXI. Los países representativos del desarrollo de siglos anteriores, en concreto los europeos, comenzamos a hablar de desarrollo sostenible, de aprovechamiento de los recursos, de obtención de materias primas a partir de desechos, incorporándolos de nuevo en el ciclo de la vida. Es decir, reciclando. Tomar materiales usados, y someterlos a un proceso de transformación para que se puedan volver a utilizar. En los últimos años, de recursos escasos y crecimiento negativo, hemos tomado conciencia de que no sólo es una cuestión de ideología sino una auténtica necesidad. Después de la crisis profunda del sector inmobiliario, que se está llevando por delante varias generaciones de una profesión entera, como somos los arquitectos, debemos afrontar el problema de nuestras ciudades de forma coherente con la situación general. No podemos dejar de contar con todo el tejido grande y pequeño de las empresas de construcción. Lo necesitamos para crecer de nuevo. Hemos gastado mucho dinero público en preparar concienzudamente a unos profesionales de la edificación, que se encuentran entre los más cualificados de Europa. Pensemos en nuestro patrimonio edificado como los recursos limitados que son. Afrontemos el uso de nuestras ciudades en la lógica del desarrollo sostenible. Pensemos en una ciudad reciclada.

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