alto y claro

José Antonio Carrizosa

La ciudad secuestrada

COMENTABA en esta misma página hace una semana que buena parte de la polémica desatada en torno a la torre que Cajasol construye en la Cartuja tiene mucho que ver con la percepción que Sevilla tiene de sí misma. La controversia sobre el edificio es sana porque permite descubrir hasta qué punto Sevilla es diversa y los encorsetamientos a los que algunos la quieren someter son impostados y no responden a la sensibilidad de toda la ciudad, sino a círculos muy determinados, que no son mayoritarios, pero sí poderosos. Por estas páginas han pasado durante esta semana opiniones tan cualificadas como las del ingeniero José Luis Manzanares, con una postura, o los arquitectos José García Tapial y Fernando Mendoza, justo con la contraria, que demuestran que hay más de una forma inteligente de mirar a Sevilla.

En esos círculos que se consideran a sí mismos la única Sevilla digna de ese nombre, que se creen con el derecho de decidir lo que es y lo que no es y en la falta real de debate de la que adoloce esta adormecida ciudad está uno de los problemas que, de alguna forma, la lastran y le impiden tomar conciencia de su situación y de su futuro.

Aquí, cada mañana y cada tarde, desde las potentes terminales del conservadurismo más rancio -instaladas en el tejido social e institucional de la ciudad- se reparten certificados de sevillanía o se condenan para siempre jamás actitudes y hechos. Los heraldos de este pensamiento y sus corifeos consideran que ellos son la esencia y que todo lo que se aparte del canon que han decidido establecer es anatema y debe ser condenado a la hoguera del púbico escarnio, sea una persona, una determinada forma de entender la política municipal, un edificio como en el caso que nos ocupa, o incluso una farola. Cualquiera de ellas, la farola también, le puede dar munición durante semanas para menospreciar, criticar y ridiculizar lo que se les ponga por delante, orquestar sus campañas y hacer ver que son los dueños de la opinión de la ciudad.

Es un pensamiento, que aunque anclado en lo que siempre ha sido una de las derechas más antiguas (en la peor acepción del término) de España, tiene poco que ver con la política. El Partido Popular que hoy personifican en Sevilla Javier Arenas y Juan Ignacio Zoido, está mucho más por el progreso que lo que representa esa opinión, que pretende ser la única ortodoxia a la que Sevilla puede aspirar. El alcalde y su equipo, en el medio año que llevan en el gobierno, han demostrado que son capaces de pensar la ciudad, que debe salirse de sus moldes más reaccionarios, si quiere tener alguna oportunidad en el futuro cada vez más incierto que tenemos por delante.

En definitiva, funciona en Sevilla una especie de secuestro voluntario que hace que no se vea o se vea poco esa otra ciudad que, aunque silente, es mucho más rica y diversa de como algunos la quieren hacer ver.

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