La tribuna

Antonio Porras Nadales

La ciudadanía cosmopolita

PUEDE afirmarse que casi todas las grandes mutaciones históricas que se han sucedido en el pasado han contado con un sujeto colectivo capaz de asumir el papel protagonista. Así, el concepto de pueblo fue el gran hallazgo de las revoluciones burguesas, luego encuadrado dentro de la órbita de la nación, implicando un sujeto colectivo integrado por ciudadanos iguales que, liberados de las viejas trabas feudales de gremios, feudos o corporaciones, serían capaces de expresar los intereses generales de la comunidad.

Para el pensamiento marxista clásico, ese sujeto colectivo debía ser el proletariado: todo un auténtico motor de la historia, capaz de asumir la responsabilidad de una acción revolucionaria tras la que debería llegar un tiempo nuevo, una vez liberado el mundo de las lacras de la explotación del hombre por el hombre.

El concepto de ciudadanía se ha manejado en el siglo XX como una categoría adecuada para atribuir a los miembros de la comunidad una titularidad de derechos activos en el contexto de los estados democráticos contemporáneos. Pero la ruptura y disolución de fronteras territoriales que ha traído consigo la globalización, unido a los grandes procesos migratorios de nuestra era, parece desdibujar su relevancia y su papel protagonista en el siglo XXI.

Hay, sin embargo, una nueva y emergente dimensión de ciudadanía que se está proyectando a través de las redes en la escala globalizada y que comienza a adquirir una cierta y consistente masa crítica. Probablemente hasta ahora su punta de lanza viene representada por sectores de jóvenes dotados de una perspectiva cultural y generacional parecida, con capacidad para manejarse en una lengua franca (el inglés) y con unas posibilidades de acción comunicativa que rebasan las tradicionales fronteras estatales para proyectarse en la escala planetaria.

Es posible que no se trate siquiera de colectivos perfectamente homogéneos, aunque sí dotados de elementos comunes en términos generacionales, culturales, tecnológicos o de perspectivas de vida. E incluso están acreditando ya una capacidad más que sobrada para movilizarse activamente en apoyo de determinadas organizaciones, o en torno a proyectos específicos.

En clave histórica, constituyen seguramente un escalón posterior a lo que hasta ahora han sido las tradicionales ONG, o los llamados nuevos movimientos sociales, que se expresaban fundamentalmente en programas o actuaciones focalizadas, o en torno a acciones de protesta caracterizadas por un cierto espontaneismo y una relativa desorganización.

Es cierto que hasta ahora la expresión más contundente de esta nueva ciudadanía cosmopolita parece reflejarse también en actos de protesta, dotados de una rápida capacidad de movilización y de una notable ubicuidad estratégica. Pero a través de estas actuaciones comienzan ya a entreverse visiones y proyectos emergentes similares que, por más que se activen de forma contextualizada dependiendo del respectivo país o circunstancia, comienzan a diseñar un perfil histórico novedoso que está comenzando a resonar en todos los confines del planeta.

Parece evidente que, en términos objetivos, la principal novedad del fenómeno reside en los soportes tecnológicos sobre los que esta nueva ciudadanía cosmopolita parece operar: un sistema comunicativo audiovisual e instantáneo que fluye a través de internet, mediante el cual se estaría apostando no sólo por compartir valores o experiencias sino también, desde una perspectiva crítica, por el descubrimiento y la apertura de nuevos horizontes de transparencia que van más allá de las tradicionales fronteras de los territorios de los estados. Un impulso de transparencia tras el cual se acaban enfrentando obstáculos comunes o similares; incluso entre países con culturas o tradiciones históricas diferentes.

Del mismo modo que la burguesía revolucionaria supo identificar en su momento a la vieja nobleza como su enemigo histórico, o que el proletariado se concentró en combatir a la burguesía capitalista, la objetivación de un "enemigo" común puede convertirse en un factor catalizador de esta nueva y emergente ciudadanía cosmopolita, dotándola de una mayor congruencia en sus posiciones. A lo que debe añadirse la capacidad expansiva que al cabo del tiempo consigue siempre alcanzar todo movimiento liderado por la juventud, permitiendo que otras generaciones se incorporen el nuevo proyecto.

La nueva ciudadanía cosmopolita parece configurarse como el primer elemento social objetivo sobre el cual será posible empezar a soñar, durante el siglo XXI, en el horizonte hasta ahora utópico de un gobierno del planeta.

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