La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Ni cívica ni religiosa

Emerge la Semana Santa de folclore negro y vulgaridad populachera fomentadas por muchas hermandades

Sólo los organismos vivos pueden enfermar y morir. La Semana Santa, para bien y para mal, está viva y por ello puede enfermar y curarse, o morir tal y como se ha ido reinventando desde su refundación cívico-religiosa a mediados del siglo XIX. Del todo es imposible que muera porque, además de los rescoldos devocionales que la alimentan, divierte (no emociona: divierte) a demasiada gente, genera demasiados beneficios económicos y hace importantes a demasiados don nadie. Estos intereses unidos son tan poderosos que su supervivencia como fiesta está garantizada por autoridades civiles y religiosas, hermandades, comerciantes, pueblo y populacho. Pero será -está siendo ya- otra Semana Santa sin civismo ni devoción burguesa o popular, groseramente neopagana, consumista y gamberra, tensada entre los extremos del folclore negro y la vulgaridad populachera fomentadas por muchas hermandades.

No será la primera vez que se reinvente como espejo de la realidad social. Pero no podemos refugiarnos en los precedentes de adaptación. El problema es por completo nuevo, como bien han señalado los colegas Javier Rubio en Abc ("¿De verdad esperábamos que la Madrugada y la Semana Santa se iban a salvar de la degradación de la convivencia en la ciudad, (…) que el fervor religioso, el respeto debido a las imágenes más queridas de los sevillanos iba a ser dique de contención suficiente contra la marea de zafiedad que nos invade?); y por Carlos Navarro en este periódico ("Nos ha tocado vivir un tiempo muy delicado con esta Madrugada cuatro veces rejoneada por la mala educación, la crisis de autoridad, la cultura del vocerío, la noche concebida como fin de año... La Madrugada es un fracaso, espejo perfecto de la sociedad de hoy, (…) la consecuencia directa de la falta de educación y de una fuerte crisis de valores").

Por eso ahora no sirve el tópico de los antecedentes que le han permitido adaptarse sin perder su fundamento. Primero la transición de la Edad Media al Renacimiento y de este al barroco, cuando adquirió su primera conformación con capacidad de perdurabilidad, sobre todo a través de las imágenes de Montañés, Mesa, Ocampo, Roldán o Ruiz Gijón -más las grandes Vírgenes anónimas del siglo XVII- que, no casualmente, son desde hace cuatro siglos sus pilares devocionales. Después su reinvención tras la gigantesca y brutal transición del Antiguo Régimen a la Edad Moderna. Pero esto queda para mañana.

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