Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

La claridad se agradece

EN tiempo de bonanza, hasta los mediocres parecen atletas. Es en la travesía de las tormentas donde se acreditan los mejores. Por eso no basta, en plena crisis económica, con atribuir la situación a los imponderables del exterior, porque, si todo se achacase al escenario internacional, terminaríamos por imputar los éxitos pasados a la dirección favorable de las corrientes externas.

Hay una tentación a recubrir las debilidades en la gestión con la difusión de medias verdades, a modo de sedante sobre la opinión pública. Un remedio escasamente eficaz. A diario, se produce un pulso entre la lluvia fina del Gobierno, que ve algo lejos la tormenta, y el parte meteorológico de los medios, y son éstos los que más credibilidad ganan. El Gobierno debe mostrar la radiografía de la situación y, a partir de ahí, buscar la complicidad y el apoyo de la población. Con información se comprende la naturaleza de los tornados que traspasan nuestras fronteras y es más fácil desplegar los mecanismos de protección eficaces. La desinformación es la intemperie…

Quienes, a partir de un cálculo interesado de los réditos políticos, procuran alargar al máximo la ficción de que la crisis aún no ha llegado o que no es para tanto contribuyen a aumentar las alarmas: lo peor, cabe pensar, está por venir. Perder entre cinco y diez puntos en la intención de voto, advierten aquellos, sería una brecha insalvable antes de las próximas elecciones.

Parece inteligente que el Gobierno hable a la opinión pública, le cuente hasta dónde llegan los riegos y cómo encararlos desde las economías domésticas. Esta estrategia, sin embargo, pierde eficacia a medida que se aplaza en el tiempo, pues lo publicado irá ocupando el vacío de lo público. La claridad se agradece. Lo peor de la crisis habrá pasado antes de las elecciones de 2012, por lo que hay margen para la sinceridad y las terapias colaborativas, con réditos más que probables en la última fase de la legislatura.

Si el Gobierno se empeñase en proyectar una percepción artificiosa de la situación económica, que no es la compartida por la mayoría de los españoles, la mayoría estaría en peligro. Y si se mantuviese en esa dirección, el nuevo Rajoy se encargaría de abonar, con un discurso moderado -ahora es más eficaz no levantar la voz-, los argumentos mayoritarios de la opinión pública.

La mediocridad brilla en las situaciones adversas y permite afirmar que el arte de lo posible, como paradigma de la política, no es para los pintores de brocha gorda. Vamos a ver cómo encaran ahora la situación aquellos que, con el viento a favor, decían que no era necesario remar, que la marcha era imparable y los experimentos se hacían con gaseosa…

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios