EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

La clase media

LOS futbolistas que más ganan en España tan sólo pagan un 24% de IRPF a Hacienda. Es más o menos lo mismo que tributa cualquier profesional cualificado, por ejemplo un médico o un profesor universitario. Yo imaginaba que los futbolistas galácticos pagaban también cantidades galácticas a Hacienda, pero está visto que lo único galáctico era mi ingenuidad. Desde una reforma legal de finales de los 90 (de la época del PP, por cierto), aquí sólo paga impuestos de verdad la clase media, sobre todo si tiene una nómina y no puede ocultar sus ingresos en una serie de sociedades interpuestas que van mutando de país hasta acabar en un sólido y seguro paraíso fiscal.

Pobre clase media. Cuando los políticos apurados gritan "¡Vamos a hacer que los ricos paguen esta crisis!", no se están refiriendo a los que de verdad tienen mucho dinero, sino a los profesionales que son fáciles de controlar porque no exigen un costoso equipo de inspectores fiscales. Y a nadie le parece mal que se persiga a "los ricos" que no lo son, porque la clase media nunca ha resultado atractiva. En general, tiene fama de egoísta, aburrida y convencional. Nadie que chatee en internet se hará pasar jamás por un típico representante de la clase media, a no ser que se trate de un estafador profesional o de un buscavidas. Si alguien quiere hacerse el interesante, se hará pasar por artista, explorador ártico, cooperante en una ONG africana o cuidador de especies en peligro. En cambio, a nadie se le ocurrirá decir que es protésico dental o funcionario de Correos, a menos que intente deslumbrar a alguien que está muy desesperado. Pero eso será en casos excepcionales, porque la clase media no tiene épica, ni lírica, ni poesía de ninguna clase. No conozco a ningún artista actual que se proclame burgués, aunque sí conozco a muchos que matarían a su madre con tal de viajar en primera clase (si es a costa del contribuyente, claro está).

Lo repito: pobre clase media. Trabaja, ahorra, se aferra a la rutina. Es prudente, desconfiada, previsora. Contrata planes de pensiones, suscribe pólizas de seguros, se preocupa de que sus hijos viajen, aprendan idiomas y se expresen con corrección (sí, todavía hay gente así). Es cierto que no suscita grandes emociones, porque prefiere la prudencia a la pasión y el disimulo al riesgo. Por eso lee siempre el mismo periódico y hace un cálculo de gastos antes de emprender un viaje. Sin duda es un excelente tema para novelistas -¿qué sería de Dickens o Galdós o Joyce sin la clase media?-, pero le faltaba la épica de una poesía del riesgo y de la emoción. Ahora ya se encargarán los inspectores de Hacienda de escribir una nueva Ilíada con las nóminas de los protésicos dentales y los funcionarios de Correos.

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