Relatos de verano

Jorge Duarte Domínguez

La cola (II)

LA voluminosa señora, sedienta de gresca, parecía estar sometiéndome al tercer grado. Empezaba a arrepentirme de haber engañado a todas aquellas buenas personas. Si pudiera dar marcha atrás, esperaría con gusto en aquella cola el tiempo que hiciera falta. Lo más grave era que realmente no tenía un sólido motivo para haber actuado con tan mala fe. Todo lo que me ocurría era que tenía envidia de mis amigos porque en ese mismo tiempo estarían hartándose de cervezas, mientras mi menda estaba pringándola en una aburrida cola.

Una cosa tenía clara: ya era tarde para ceder, pues quedaría como un tonto listo si daba las gracias por nada y continuaba en mi último puesto con resignación: todos pensarían que había intentado colarme con el cuento de mi desamparado hijo, o lo que es lo mismo, que estaban ante un sinvergüenza de manual. También pude haberme largado de allí, pero esta opción era inviable, toda vez que era el último día de plazo para formalizar el maldito documento.

Decidí que era el momento de recurrir a la lástima.

-Verán, señores... Mi hijo va a un centro de educación especial...- repliqué, adoptando una moderada mueca de dolor (no convenía exagerar).

Me congratulé por mis reflejos mentales. Sin duda la trama había ganado en verosimilitud: los colegios normales sí estaban cerrados, pero tenía su lógica que un centro para discapacitados permaneciera abierto durante el periodo vacacional.

Observé que se hizo el silencio en las tres colas contiguas a la mía. Ahora el asunto parecía atañer a todos los ocupantes de aquella desangelada oficina, pero, desgraciadamente, nadie hacía siquiera el amago de intervenir en mi defensa. Parecían absortos y a la vez complacidos por el entretenimiento que recibían gratuitamente.

Para sorpresa mía, y con toda seguridad del resto de los que esperaban en aquella estancia, la señora volvió a la carga:

-No conozco ningún centro de Educación Especial en Los Alcornocales- objetó con la boca pequeña, hablando para sí misma, pero con el suficiente volumen como para contagiar una duda razonable en el resto de la cola.

Aquello tenía que ser un programa de cámara oculta o algo así, porque si no, era la situación más surrealista que había vivido jamás. No podía creer que la señora no hubiera cedido a esas alturas. O era muy mal actor o esa hija de puta era el diablo en persona. Pero yo podía ser extremadamente tenaz ante los retos. Me iba a conocer la señora, ¡vaya si me iba a conocer!

Antes de que pudiera responder, un señor, que ocupaba el cuarto puesto, intervino:

-Por mí no hay problema...

-¡Ya!- interrumpió la señora categóricamente-: Siendo detrás de mí, tampoco tengo inconveniente- lo dijo recalcando el , como si hubiera querido decir: por encima de mi cadáver (ella estaba la novena o décima de la cola).

Estaba claro que era la hora de embestir:

-Verá, señora -respondí, quebrándoseme la voz-: usted no conoce ningún centro de educación especial, ni en Los Alcornocales ni en ningún otro sitio, por la sencilla razón de que no tiene ningún hijo de diez años tetrapléjico-. Mis ojos estaban inundados de lágrimas y mi tono se había vuelto incisivo, descargando todas mis supuestas frustraciones en la endemoniada mujer y, por añadidura, en los demás.

Todo el mundo se quedó petrificado. Sus mentes estaban inmersas en el horror de lo que acababan de escuchar. Me había convertido en el centro de atención, no sólo de la cola sino de toda la sala.

Algo me decía en mi interior que tarde o temprano tendría que pagar por haber soltado una abominación de esa calaña. Pero ya lo pensaría mañana, como dijera Escarlata en Lo que el viento se llevó.

La vieja bruja era consciente de que había perdido la batalla y la guerra al mismo tiempo. Ahora era una arpía ante todos, que nunca debió de haberme hablado de esa forma.

Cabizbaja y ostensiblemente contrita, me miró a los ojos y se disculpó:

-Lo siento..., Pasa que te atiendan, hombre. Es que llevo un día de perros...

Los demás asintieron de buena gana, quitándose una gran losa de sus conciencias.

Hice un discreto ademán de agradecimiento general sin dejar de fingir que sollozaba, no fuera a torcerse el plan en el último momento, aunque, para mi sorpresa, mis ojos segregaban lágrimas auténticas. Me dirigí a la ventanilla en actitud de niño castigado injustamente, ante la mirada aquiescente y compasiva de los circunstantes.

Justo antes de llegar al mostrador, la voz de la señora sonó a mis espaldas:

-¿En qué centro tienes a tu hijo? -preguntó, amable e incluso amorosamente, pero al volverme hacia ella creí adivinar cierta mueca desafiante, la que por supuesto ocultaba deliberadamente al resto de la cola. Parecía querer decir: "A ver si tienes cojones de dudar lo más mínimo"-.

Pero yo, que no tenía un pelo de tonto, ya tenia preparada la respuesta desde que solté lo de "educación especial".

-En el Colegio Santo Ángel- contesté con toda la naturalidad que pude.

El panorama se me hacía cada vez más absurdo: nadie ofrecía tanta resistencia por ceder un puesto en una cola; hechos de este tipo sólo suceden en las películas o, como dije antes, en los programas de cámara oculta; pero no era ni una cosa ni la otra: nadie hubiera podido prever que iba a intentar colarme ese día precisamente. Seguramente era un castigo divino por todos mis pecados, que no eran pocos, por cierto.

La señorita de la ventanilla terminó de atender al primero de la cola y, súbitamente, como si tuviera su vejiga a punto de reventar, se levantó de su silla y anduvo a toda prisa hacia un despacho acristalado situado al fondo de su estancia. No había que ser muy observador para adivinar que estaba informando a su jefe del peculiar trastorno que yo había originado. Éste me observaba por encima de sus lentes, entretanto asentía repetidas veces con movimientos afectados de su cabeza: parecía digerir la plática de la subordinada a trompicones. No podía oír lo que hablaban, pero intuí que la descabellada situación en la que me encontraba inmerso no había hecho más que empezar.

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