Relatos de verano

Jorge Duarte Domínguez

La cola (VI)

SUBÍ a la parte trasera del coche de policía dócil y resignado. Pude ver por mi ventanilla que, entre el bullicio, algunos periodistas nos habían divisado, alertados por los destellos azules de la sirena de mi patrullero. Los chicos de la prensa echaron a correr en nuestra dirección seguidos de unos pocos curiosos u ociosos. Otros muchos avanzaban zozobrantes en la retaguardia, amparados en la masa y dejándose llevar por la corriente de los acontecimientos. Todos ansiaban conocer al loco asesino que andaba suelto, o al terrorista de Al Qaeda, o al violador de jovencitas, o lo más retorcido que sus mentes pudieran imaginar. Cuando llegaron al patrullero, una periodista muy joven, cuyos ojos despedían chiribitas, tomó la voz cantante con gran resolución. Lo primero que hizo fue apartar a los curiosos para que su compañero el cámara, que había llegado en último lugar, pudiera acceder a la primera fila.

El muchacho pegó su cámara a mi ventanilla y, para mi horror, empezó a grabar mi jeta con oficio. La periodista adolescente acercó la alcachofa a mi cristal y comenzó a hacerme un rosario de preguntas, las cuales no pude oír porque se perdían entre el griterío (mi ventanilla estaba felizmente subida). Un espantoso fárrago de seres humanos rodeaba mi patrullero, agolpándose alrededor del mismo sin una motivación concreta, a modo de zombis que obedecen órdenes del Más Allá. Pensé en cubrir mi cabeza con la camiseta, pero esto me convertiría en culpable ante la prensa, por lo que decidí erguir mi mentón y hacer acopio de la naturalidad del que no tiene nada que ocultar.

Después de todo, parecía que iba a salir de allí de forma limpia, bueno, quizá con algo de cochambre, pero lo que verdaderamente importaba era que tenía los documentos en mi poder. Me aferré a ellos con avidez.

El segundo policía asomó la cabeza por la ventanilla del conductor y me preguntó:

-Esta señora se ofrece a acompañarnos. ¿Tiene usted inconveniente?

-Pues sí, lo tengo. Quisiera estar solo, señor agente... -respondí.

-Entiendo -dijo con sequedad. Se dirigió, entonces, a la gorda para transmitir mis palabras.

Nada más oírlas, empezó a chillar como una cerda en el matadero, captando de súbito toda la atención del respetable.

La señora se apartó de los policías y se dirigió a mi ventanilla, cuyo cristal me protegía debidamente. Podía ver su cara igual que un primer plano en una pantalla de plasma. Mostraba unos ojos desquiciados a través de sus gruesas gafas, una de cuyas lentes se le había resquebrajado; un montón de verrugas de la frente se aplastaban, junto con su nariz abrevada, en el cristal, deformándola todavía más; de su boca asomaban dientes amarillentos y picados. Todo el conjunto confería a su semblante un aspecto repugnante.

-¡Después de lo que he hecho por ti, desagradecido! -gritaba aquel ser rastrero, que parecía poseído por el Maligno.

-Señora, quítese de en medio, ¿no ve que estamos trabajando? -protestó la joven periodista.

-¡Yo estoy antes, guarra! -respondió la exaltada mujer con los ojos revirados e inyectados en sangre, e intentó abrir la portezuela del patrullero sin conseguirlo.

Yo estaba aislado y esto hacía que me sintiera invulnerable. La periodista empujaba a la gorda para poder hacer su trabajo. Ésta, harta del bamboleo de su grueso cuerpo, le soltó un sonoro bofetón que la hizo desplomarse en el suelo.

-¡Yo llegué la primera y aquí voy a quedarme! ¡Y ahora, que me saquen en televisión! -vociferó la vieja ballena, desafiando a los circunstantes, entre los que se encontraban los dos guindillas, que miraban la escena atónitos.

El sufrido cámara cambió súbitamente la posición de su objetivo para enfocar el cuerpo yacente de su compañera, pero no hizo el menor ademán por socorrerla, y menos aún por defenderla: parecía tener vocación de corresponsal de guerra. Intentó enfocarme de nuevo con su pesada cámara, pero la gorda había tomado posiciones y ocupaba toda mi pantalla extraplana. El muchacho logró introducir su cámara por debajo del sobaco de la señora, quien se volvió enfurecida y le gritó:

-¡Aparta un poco, joder. Necesito hablar con el muchacho!

Acto seguido, y en vista de que el cámara no se inmutaba, lo zarandeó con violencia hasta que cayó de bruces contra el suelo junto a su compañera, que al mismo tiempo se incorporaba aturdida. La obsoleta cámara estaba destrozada; la muchacha, sin dar importancia a los excesos de la señora, hizo señas a la furgoneta para que trajeran otra, mientras asía al compañero del brazo para ayudarlo a levantarse. Había que reconocer que los periodistas sabían mantener el tipo.

Los policías se acercaron por detrás de la vieja loca, que no apartaba sus sanguinarios ojos de los míos, y la intentaron inmovilizar para detenerla.

Yo observaba todo aquello estupefacto, intentando convencerme de que no había sido el detonante de toda esa barbarie. Para premiar su persistencia, y refugiado en mi jaula infranqueable, hice una seña con la mano para concentrar toda su atención en mis labios, y, con gran prosopopeya, vocalicé:

-Puuu-taaa. Puuu- taaaa.

La gorda estalló en cólera. Subió sus dos enormes brazos a gran velocidad y lanzó a los guindillas que la sujetaban a varios metros de distancia. Uno de los agentes, el más enjuto, rodó por el suelo a gran velocidad, con tan mala fortuna que su cabeza chocó contra el bordillo de la acera, sonando un fuerte crack. De su nuca empezó a manar sangre a borbotones. Aunque estaba inconsciente, sus ojos se mantenían abiertos e inmersos en el pavor: Diríase que acababa de entrar en el mundo de los espectros y no le hacía demasiada gracia el panorama.

Varios policías nacionales corrieron en ayuda de sus compañeros los municipales, a los que, obviamente, les venía grande aquello. Siete u ocho agentes rodearon a la mala bestia, y empezaron a estrechar el círculo con precaución.

La gorda, con los ojos imbuidos en la vesania, amenazó a gritos:

-¡Vais a tener que disparar, mamarrachos, porque a la fuerza ni soñéis que vais a poder conmigo! -levantó con aparatosidad sus gruesos brazos en alto, dando una muestra patente de sus amenazas.

Etiquetas

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios