Relatos de verano

Jorge Duarte Domínguez

La cola (I)

ERA casi la una de la tarde del último día de julio. A esta hora solía quedar con mis amigos en La Taberna, donde combatíamos el sofocante calor del verano bebiendo una cerveza tras otra. Pero aquel día me retrasé un tanto, ya que tenía que cumplimentar unos documentos de gran importancia en el Registro de la Propiedad, en Sevilla, y el plazo para ello expiraba precisamente ese día.

Ya conocía el edificio, así que, cuando entré por sus puertas, subí directamente a la primera planta y, tras echar un vistazo a las cuatro colas que allí había conformadas, fui a la que me correspondía.

Me acerqué al último de la cola, en la que aguardaban pacientemente unas veinte personas, y le pregunté:

-Perdone, ¿usted es el último?

-Eso parece, ¿no?

Entre la longitud de la cola y la respuesta chulesca del tipo, mi humor se agrió de súbito. Por mi experiencia en las colas de este Registro, calculé que hasta dentro de una hora no me atenderían, y eso en plan optimista.

Observé con detenimiento al segundo de la cola. Era un tipo joven, delgaducho, bien vestido y pulcro. Su aspecto desbordaba candidez. Llevaba puestos unos auriculares. Su compostura era de alguien habituado a las colas. En conclusión, su perfil se conciliaba perfectamente con mis intereses.

Sin pensar siquiera en lo que iba a decir, me acerqué a él y le espeté:

-Perdone, ¿me permite que pase primero? Tengo que recoger a mi hijo del colegio, y... sólo faltan cinco minutos para que salga.

Adopté una prudente expresión de gravedad, tanto en mi semblante como en mi voz, cuyo volumen elevé ligeramente a los efectos de involucrar a los presentes. En definitiva, se trataba de un asunto que concernía a toda la cola.

El aire que nos envolvía se tornó enrarecido casi antes de que terminara de hablar con el muchacho. Si hubiera entrado un terrorista suicida con una mochila explosiva, a buen seguro que la cola se hubiera mostrado más relajada. Hasta me dio la sensación de que la atmósfera se hacía más espesa, como la de una partida de póquer o una sala de interrogatorios.

El joven, apesadumbrado por la enorme carga de responsabilidad que se le había venido encima, me escrutó durante unos segundos, pasados los cuales se puso a mirar a la cola y a mi persona alternativamente, como el público en un partido de tenis. Cuando el ingenuo empezó a balbucear algunas palabras incomprensibles, una señora, situada varios puestos atrás, intervino (no podía considerarse interrupción, puesto que el muchacho no llegó a pronunciar ninguna frase coherente):

-Oiga, yo también tengo mucha prisa. ¡Todos tenemos cosas urgentes que hacer! -esto lo dijo en un tono más beligerante, y adjudicándose, por añadidura, el cargo de portavoz de la cola. Después me clavó sus ojos retadores, dejando traslucir con nitidez su pensamiento: "Si vas de enterado conmigo has pinchado en hueso".

La señora era gorda, ya entrada en años, y su fisonomía, asaz baqueteada, delataba una vida llena de penurias. Llevaba un vestido estampado con flores de llamativos colores, capaces de herir la vista a un ciego (si es permisible la comparación); el pelo, grasiento y gris, recogido en un gran moño; sobre su nariz abrevada se apoyaban unas gafas de concha con gruesos cristales; y, en fin, sólo faltaban los rulos en el pelo y un rodillo de amasar en una mano para completar la grotesca estampa. Sin duda, era un espécimen más propio de colas de carnicerías, verdulerías o consultorios de la seguridad social.

La cola se mostraba muy pendiente de nuestra plática. Parecían aliviados por que apareciera la gorda y defendiera sus intereses sin necesidad de intervenir ellos. Era evidente que si persuadía a la opositora lograría mis pretensiones y, por supuesto, nadie más pondría objeciones. Estos pensamientos azuzaron mi ánimo. Me dirigí a la señora, y, con cara de inocente, le respondí:

-Verá usted, señora: el colegio de mi hijo está en Mairena del Aljarafe, y acaba de llamar mi mujer para decirme que no puede recogerlo.

Era de sobra conocido que Mairena del Aljarafe estaba a media hora en coche desde la capital; por tanto, según mi versión, ya llegaba tarde aunque saliera volando por la ventana en ese mismo instante.

Dado que la resolución de mi sagaz ardid dependía del permiso explícito de la mujer, la miré con expresión penosa e imploré:

-Sólo faltan cinco minutos para que mi hijo salga del colegio. Si usted fuera tan amable...

Muchos creen que es mejor tener un buen plan ya preconcebido, pero yo siempre recurro a la improvisación, pues confiere mucha frescura a mi actuación. Quizá en esto reside mi elevado porcentaje de éxitos en situaciones de la misma o parecida índole.

La señora, cuyo cargo de portavoz nadie puso en duda, parecía a punto de ceder. El argumento estaba bien construido, y ella lo sabía. Si seguía con su dura oposición, la tesitura podía volverse contra ella, pues de abogada defensora pasaría a fiscal inquisidor, o sea, la amargada de la fiesta.

De repente pareció iluminarse su rostro a lo Viki el vikingo. Entonces, me replicó:

-Pero, si estamos en pleno verano, joven. ¿Quiere hacernos creer que el colegio de su hijo no cierra durante las vacaciones?

La intransigente mujer miró fijamente a mis ojos, entornando los suyos, cargados de suspicacia, y puso los brazos en jarras, a la vez que meneaba la cabeza de arriba abajo, seguramente pensando: "Vaya, vaya, vaya. Parece que hemos dado con un caradura". La cola entera me miraba de hito en hito, sin disimular sus expresiones de desprecio, como si fuera un yonqui o un carterista.

Mi otro Yo me recriminó todo enconado:

"Esto te pasa por la improvisación de los cojones. Tenías que haber meditado un plan a seguir, y no tirarte a lo loco con la primera justificación que te venga a la mente. ¿Desde cuándo van los niños al colegio en pleno verano? Piensa un poco antes de actuar, joder. ¡Me estás poniendo de los nervios!".

"¡Cállate un momento, por todos los diablos, que no puedo ni pensar!", le ordené, entre un fárrago de pensamientos caóticos.

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