La tribuna

Antonio Montero Alcaide

El colesterol de la Gioconda

DE enfermos imaginarios e imaginaciones enfermizas están bien nutridas las disposiciones de los mortales. Pronto se ha mentado la bicha porque saber que hemos de morir, que estamos sujetos a la muerte, es la razón primera de muchas aprensiones y el pellizco de no pocos tormentos de la cabeza, esa que da vueltas y más vueltas siempre en torno a la peor de las posibilidades. Claro que prepararnos para la muerte, postrera estación de nuestra vida terrena, puerta abierta a los misterios de la trascendencia para quienes se empinan en la escalera de la fe, descomposición orgánica para los que más bien creen en lo que tocan, prepararnos para la muerte, digo, no es un ejercicio anotado en el cuaderno de los días. Es más, este tiempo posmoderno tiene aversión al largo plazo y, tentado por el hedonismo, busca gratificaciones inmediatas y rehúye los sustos del porvenir. Claro que en la patria de la infancia, cuando la muerte es tan inadmisible como dramática, uno recuerda los singulares "ejercicios de la buena muerte", de tal modo que había que ponerse en qué disposiciones y comportamientos adoptar imaginando una muerte inmediata. No me negarán que tiene de las suyas esa didáctica para enseñar a morir bien, como si todo lo bueno que un chiquillo debiera hacer de forma natural se precipitara con el artificio de no tener la oportunidad de volver a hacerlo nunca más.

Sometido ese ejercicio al dictado de las encuestas y al escrutinio de la estadística, tal vez nos deparara más de una sorpresa peculiar el catálogo de las últimas voluntades declaradas por los mortales. Que cuando el ejercicio no es fingido, sino que ha de sortearse para seguir viviendo, todo lo que parecía sencillo, cotidiano y de escasa importancia acaba por ser la experiencia más preciada y el anhelo mayor. Pero no nos pongamos de mal fario dando tantas vueltas al final de los días sin haber aclarado, todavía, la razón del principio de este artículo. Resulta que la enigmática Gioconda, pintada por Leonardo da Vinci, pudo hasta morir joven, de un infarto, por el colesterol desmedido. Qué me dicen de esta autopsia, de esta pericia forense aplicada a la vicaria presencia de un retrato, porque a saber quién fue, dónde y por qué acabó sus días la modelo de la sonrisa sin signo, de la sonrisa inversa. Así que, antes que reparar en el sfumato renacentista, en el vaporoso efecto de superponer delicadas capas de pintura para que los contornos resulten imprecisos y la composición depare una profunda vaguedad y lejanía; antes que en esa reseña artística, un científico acude a la anatomía patológica y dictamina que la Mona Lisa era dada a las grasas y presa del colesterol malo. Importan menos, entonces, las prodigiosas maneras de Leonardo para retratar el enigma del rostro, el discurso de las manos o la evanescencia del paisaje, porque esas categóricas formas de una obra excelsa son desplazadas ahora por la enfermiza corporeidad de la Gioconda. De resultas que no ya las primorosas formas del Renacimiento, sino una acumulación de ácidos grasos bajo la piel e incluso un tumor benigno en el ojo derecho despiertan el celo de la anatomía patológica porque, al cabo, como los retratos destacan el aspecto físico, como la enfermedad se agazapa en el cuerpo y la cara es el espejo del alma, basta el ojo clínico para diagnosticar, cinco siglos después, que la Gioconda sufría una hipercolesterolemia y vaya usted a saber si en el arcano de su sonrisa no se afincaba el temor al infarto.

Miradas las cosas en su justa medida, el diagnóstico clínico debe mucho al buen ojo del médico, porque, cuando la enfermedad no es traicionera, gusta insinuarse para quedar bien retratada en el veredicto de una resonancia magnética, en la elocuencia de una tomografía o en cualquiera de esas pruebas que completan el catálogo de las revisiones. Pero ese es otro temor algo atávico: el de acudir al médico o someterse a la averiguación del diagnóstico, como si vivir desconociendo el alcance de un percance pudiera evitar el peso de los días amarrado a la incertidumbre de un mal conocido. La Gioconda no pudo hacerse pruebas de colesterol y ahora hay quien no tiene más remedio que pasarlas cada seis meses, pero tan enfermizo es escabullirse de la prevención como quedar atrapado en el tormento de las aprensiones. Se trata, en fin, de integrar la muerte como un acontecimiento natural, porque todos los miedos se resuelven en ese negro veredicto. Pero así como los ejercicios de la buena muerte hasta resultaban didácticos en los inocentes años de la infancia, acostumbrarse a esperar la muerte, ya bien metidos en la edad adulta, puede sortearse con el dictado no siempre bien comprendido del carpe diem: esto es, vivir cada día con plenitud aunque, para tener el colesterol a raya, resulte necesaria alguna disciplina. Que la Gioconda, según parece, no sobrevivió al infarto. ¿Lo sabría Leonardo para anunciarlo en el jeroglífico de la sonrisa?

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