Relatos de verano

Nerea / Riesco

Ni colorín, ni colorado (yVII )

HA llamado usted al protagonista del cuento Mario? -interrumpió el jefe de policía. -Pues… no lo recuerdo -respondió Mario-, pero déjeme que continúe el relato. Seguro que le resultará interesante -y comenzó un nuevo capítulo.

El marido de Luz no se dio cuenta de que las sirvientas comenzaron a cuchichear a sus espaldas. Pronto París al completo se hizo eco de la historia de la dulce dama en apuros encerrada en el desván y un sentimiento de odio silencioso comenzó a extenderse. Pero él estaba demasiado ocupado en preparar su candidatura a la Alcaldía y lo único que le interesaba era dejarse ven en las reuniones políticas con sus elegantes zapatos de charol con hebilla dorada, sus libreas de raso brocado y sus camisas de seda. Se sentía cómodo perpetuamente envuelto en una espesa nube de humo de tabaco, presumiendo de sus contactos en el extranjero y removiendo el café con el dedo meñique levantado, convencido de que semejante muestra de alcurnia terminaría de obnubilar a los electores. Sus discursos era impasibles y siempre dejaba bien claro que su interés en ocupar la alcaldía era pura cuestión de generosidad hacía sus vecinos porque en absoluto necesitaba ese cargo para ascender en clase social puesto que su abuelo, por parte de madre, tenía un ducado en un país de los Cárpatos que nadie logró ubicar jamás en un mapa.

Por eso ni siquiera se enteró de que Mario Farrugia, el dueño de Ni colorín, ni colorado, había comenzado a hacer campaña contra él, exaltando a las masas

Los hombres de mala voluntad no sueñan con muchachas y justicia sino con locomotoras y elefantes que acaban desprendiéndose de un guinche ecuánime que casualmente pende sobre sus testas. No sueñan como nosotros con primaveras y alfabetizaciones sino con robustas estatuas al gendarme desconocido que a veces se quiebran como mazapán

-Ha vuelto a hacerlo- le interrumpió el jefe de Policía.

-¿Cómo dice? -preguntó Mario un poco desconcertado, levantando la vista del libro.

-Ha vuelto a llamar al protagonista de la historia Mario. Mario Farrugia, exactamente. Le ha llamado por su nombre.

-¿Usted cree? Me habré equivocado. Pero voy a seguir con la historia.

Luz, mientras tanto, sobrellevaba su encierro del desván recostaba en un colchón desvencijado, iluminándose con las míseras velitas que las criadas conseguían deslizarle escondidas en los pliegues de la servilleta cuando le subían la comida, que era el único momento en el que el tirano abría la puerta, siempre vigilante para que no se escapara. Por las mañanas, cuando él no estaba en casa, las muchachas le pasaban por debajo de la puerta las hojas que arrancaban de los libros que Mario le traía para darle fuerza, para que no se sintiese tan sola, para que sintiese lo que él sentía.

Tu boca que es tuya y mía tu boca no se equivoca te quiero porque tu boca sabe gritar rebeldía

-¡Está vez lo he oído perfectamente! -exclamó el jefe de Policía-. Ha dicho Mario.

-Disculpe. No me doy cuenta -y continuó leyendo.

Pero una noche, cuando las criadas entraron en el desván con la cena, encontraron a Luz muy enferma. Tosía con insistencia, tenía fiebre muy alta y bajo sus ojos morunos se distinguían dos sombras oscuras. Las muchachas temieron que se tratase de la tuberculosis y se negaron a volver a entrar en aquel cuarto. Fue entonces cuando Mario Farrugia supo que no se podía esperar más y proclamó su historia a los cuatro vientos con más vehemencia que nunca; la publicó en el periódico y repartió pasquines en la librería. La gente venía a contarle las vilezas que ese hombre había cometido a lo largo de su vida y que habían quedado impunes gracias al chantaje. Fue encontrando pruebas, datos, consiguió firmas, hasta lograr que el propio jefe de Policía lo creyese y decidiera cursar una orden de detención acusándole de robo de caudales públicos y secuestro.

El jefe de Policía y Mario entraron en la casa, pero el marido de Luz se había atrincherado en su despacho y se negaba a salir. Mario lo dejó allí y se dirigió al desván en busca de su amada. Derribó la puerta de una patada y la vio tumbada en el colchón, muy débil, pero aún viva. La cogió en sus brazos y le murmuró al oído las dulzuras que se les dice a los niños para que se duerman mientras bajaba con ella las escaleras. El jefe de Policía ya había llamado a sus hombres para que le ayudaran a forzar la puerta pero, justo en el preciso momento en el que la echaron abajo, se escuchó un disparo y se encontraron al marido de Luz muerto en el suelo, con la escopeta de cazar ciervos de su suegro metida en la boca.

-No recuerdo que ocurriese así -protestó el jefe de Policía.

-Ah, ¿no? -preguntó Mario Farrugia muy sorprendido -¿y cómo lo recuerda?

-Pues… yo… yo -balbuceó-. ¿Acaso ustedes creen que fue así como sucedió? -preguntó al auditorio que se agolpaba en Ni colorín, ni colorado para escuchar el final de la historia. Todos asintieron.

Mario entonces lanzó una sonrisa y cerró el libro de golpe mientras explicaba que se trataba de un antiguo volumen reeditado en el que podían encontrar esa historia y otras muchas más al módico precio de cinco francos. Una enorme cola comenzó a formarse delante de la caja registradora mientras una adorable dama con sonrisa de Mona Lisa se encargaba de cobrar a la clientela.

-¿La conozco a usted? -le preguntó el jefe de Policía.

-Por supuesto -respondió ella agitando sus pestañas-, ¿no lo recuerda? me llamo Luz, soy la prometida de Mario. Me enamoró con un verso.

Hay que amar con valor, para salvarse. Sin luna, sin nostalgia, sin pretextos. Hay que despilfarrar en una noche -que pueden ser mil y una- el universo, sin augurios, sin planes, sin temblores, sin convenios, sin votos, con olvido, desnudos cuerpo y alma, disponibles para ser otro y otra a ras de sueño.

-Entonces -añadió compungido el jefe de Policía-… éste es el final de la historia.

-Oh, no -rió ella-. La historia nunca acaba. Ni colorín, ni colorado.

Y vio, en el reflejo de su sombra en la pared, la silueta de unas alas de tul en su espalda.

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