POR montera

Mariló Montero

No se coman al caníbal

TAL vez no sea más que una ocurrencia, pero consideremos por un momento que el mejor argumento para alejar a De Juana Chaos del lugar de residencia de las víctimas no fuese el de esquivar una afrenta, sino el de intentar evitar una desgracia. Me explico: el convicto y condenado por 25 asesinatos ha cumplido ya casi 21 años de cárcel y en breve paseará a su gusto en libertad. Sale barato, al parecer, arruinar la vida de tanta gente y, aunque eso es lo verdaderamente grave, luego está lo otro. Y lo otro es que el tipo pretendía irse a vivir a una calle de un barrio de una ciudad de España en la que, no sé en qué grado de casualidad, viven, portal arriba o portal abajo, varias de las víctimas directas del terrorismo de ETA.

Hay quienes consideran que permitirlo era una provocación abyecta, un regodeo innecesario y un desafío macabro a las víctimas. Otros, por el contrario, pretenden revestirlo de cierto aire de normalidad dentro de un Estado de Derecho y es en este punto donde acuden en su auxilio todas las consideraciones jurídicas del sistema penal español sobre los fines de reeducación y reinserción social: "Si la finalidad es el castigo, el fundamento de las penas es represivo; pero si la finalidad del castigo es que el delincuente no vuelva a cometer más delitos, el fundamento es preventivo". Sin embargo, como nos recuerda la doctrina del Tribunal Constitucional, no son ésos los únicos fines de nuestro Derecho Penal, pues éstos han de convivir con la "retribución expiatoria de un delito por un mal proporcionado a la culpabilidad".

Son los juzgados de vigilancia penitenciaria los encargados de evaluar en cada caso el efecto de reeducación y reinserción social, pero sospecho que en este caso nadie cree que al condenado le hayan hecho mella alguna las largas horas de encierro por los crímenes cometidos. Es más, en la cárcel el reo tenía por costumbre pedir champán y marisco para celebrar los horrendos crímenes de sus correligionarios y, a la menor oportunidad, dejaba ver cierta sonrisa cómplice de satisfacción monstruosa que parecía extraída de El silencio de los corderos. Y no estará de más tampoco recordar aquella especie de chantaje que el reo le planteó al Estado con una huelga de hambre atenuada con sandwiches de estraperlo.

De la importancia de estas cuestiones da fe el hecho de que Tocqueville, el liberal francés que teorizó sobre la naciente democracia norteamericana y que con tanta lucidez nos alertó sobre el riesgo de "la tiranía de las mayorías", escribió sus imprescindibles reflexiones después de recorrer aquel país para conocer de primera mano… ¡su sistema penitenciario!

Si volvemos al planteamiento del inicio, tal vez la mejor razón para evitar a toda costa que se crucen las miradas en una esquina, en la panadería o en el paso de cebra, no sea sólo la de evitarles a las víctimas el agravio o la repugnancia. Habrá que considerar incluso la necesidad de privar a las víctimas de las malas tentaciones, algo que sí se tiene en cuenta en las órdenes de alejamiento por violencia doméstica. Basta ponerse en el lugar de los heridos por el colmillo del lobo para que nos asalte aquella hecatombe imaginada por Borges: "Se comieron a los caníbales".

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