La esquina

josé / aguilar

Los compañeros de Valenciano

NO ha acertado Elena Valenciano al escoger a sus compañeros de cartel en uno de los mítines centrales, si no el que más, de su campaña electoral. A Barcelona se llevó unos teloneros de lujo, de renombre innegable y completamente mediáticos, pero que por sí mismos o por sus mensajes suponen una incitación a no votarla a ella y a lo que representa.

Pasen y vean a tres preclaros líderes del socialismo, uno autóctono y dos internacionales (dejando aparte a la alcaldesa de París, Anne Hidalgo, de San Fernando). El nacional, Felipe González, que siempre arrastró a mucho votante catalán, acaba de proponer para los males de España un gobierno de gran coalición PSOE-PP, que es lo último que interesa en estos momentos al socialismo español. Rubalcaba y la propia Valenciano se apresuraron a rechazar la operación.

La coalición con el gran adversario es algo que, por el contrario, no se ha atrevido a plantear en el mitin barcelonés Martin Schulz, candidato de la socialdemocracia europea a presidir la Comisión tras las elecciones de pasado mañana. ¿Cómo podría plantearlo? Es el líder de un partido, el SPD, que comparte Gobierno en Alemania con los democristianos de la CDU y los ultracristianos de la CSU bávara. Un Gobierno cuya jefa (canciller, se dice allí) se llama Angela Merkel y es la capitana de las políticas de austeridad a las que se oponen los socialistas españoles y cuyo rechazo es el eje de la campaña de Valenciano.

El tercer hombre, Manuel Valls, de origen catalán y jefe de Gobierno de Francia, acaba de enfundarse las tijeras con las que ha recortado 50.000 millones de euros a los funcionarios y pensionistas. En el propio mitin repitió que había dicho la verdad al pueblo francés: "que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades". ¿No les suena esa cancioncilla? Valls no se corta: su austeridad es de las buenas, de izquierdas, con reformas y buscando el bien del país, mientras que la de la derecha es mala, planeada para destruir las conquistas sociales y favorecer al capitalismo depredador. Antes de esto, cuando fue ministro del Interior, resultó especialmente duro con los inmigrantes irregulares. La deportación de una niña gitana que él ordenó bien podía haber inundado en lágrimas a Elena Valenciano, que lloró ante la valla de Melilla.

Eso sí, los tres clamaron contra la frase machista de Miguel Arias. Pero ¿no es demasiado pobre como oferta electoral?

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