La tribuna

Rafael Caparrós / Profesor Titular De Ciencia Política Y De La Administración De La Universidad De Málaga

El compromiso afgano

HAY que apoyar a Obama", "Hay que apoyar a Obama y nosotros lo haremos", reiteraba hace poco un visiblemente pletórico Rodríguez Zapatero, tras glosar algunos de los contenidos más socialdemócratas del discurso de toma de posesión del carismático nuevo presidente norteamericano -la defensa de lo público (el Estado), frente a lo privado (el mercado); el diálogo y el consenso internacionales, frente al unilateralismo militarista de la "guerra contra el terrorismo" de Bush; la indispensable preocupación política por los más desfavorecidos-, sin concretar en qué iba a consistir ese apoyo español a Obama. Pues bien, es el propio Obama quien le va pedir a España, al igual que a los restantes países miembros de la OTAN, su "cooperación reforzada" en esa nueva campaña militar afgana, dirigida por Richard Holbrooke y el general Petraeus, en la que la nueva Administración norteamericana pretende centrar sus esfuerzos bélicos en el inmediato futuro. Una demanda que plantea cuestiones políticas de hondo calado para España y para la OTAN.

Porque, efectivamente, más allá de los errores de bulto cometidos por Bush en su desenfocada "guerra contra el terrorismo" -desmantelar la policía y el ejército iraquíes, confundir la invasión y la ocupación de algunas ciudades con el triunfo militar sobre el terrorismo, emprender la reconstrucción sin contar los líderes locales-, lo cierto es que el terrorismo islamista sigue siendo una gravísima amenaza global, como ha podido comprobarse recientemente en los terribles atentados de la India y Pakistán. Desde Europa no podemos dejar de preguntarnos si estamos o no moral y políticamente obligados a contribuir a esa guerra contra el terrorismo, siquiera sea porque ya hemos sufrido varias veces en nuestras propias carnes sus brutales ataques. En mi opinión, España y los demás países de la OTAN deberían comprometerse lealmente en esa lucha, pero asegurándose de que, a diferencia de lo ocurrido en Iraq, la nueva campaña afgana va a realizarse en las condiciones adecuadas, configurándose estratégicamente como una auténtica misión civilizadora y humanitaria, más que como una mera campaña militar tradicional.

Aunque en rigor no quepa una verdadera solución política para Afganistán sin abordar simultáneamente la problemática política de Pakistán, el pueblo afgano se encuentra de hecho en una situación de emergencia por los desastres acumulados desde hace ya más de veinte años. Cerca de un millón de muertos, tres millones de mutilados, cinco millones de refugiados y un país totalmente destruido por el uso indiscriminado de armas de destrucción masiva, incluyendo la utilización de uranio empobrecido. Alrededor de 22 millones de afganos (un 70% de la población) viven en la pobreza o en condiciones de vida muy deficientes. Un 40% de los niños menores de trece años tienen un peso inferior al normal y un 54% sufren retrasos de crecimiento. Al caos humanitario se suma una dramática situación política interna con problemas ya endémicos: la corrupción gubernamental (las elecciones de 2004 y 2005 fueron tachadas de fraudulentas), el auge imparable del narcotráfico (los talibanes se están enriqueciendo gracias a la acelerada producción de opio, que ha llegado a las 6.100 toneladas en 2006, un 59% más que el año anterior), y la terrible situación de la mujer (el 36% de las niñas en edad escolar no asisten a clase por problemas de accesibilidad, o por miedo a las represalias: recientemente, unos talibanes arrojaron ácido al rostro de dos niñas de 11 y 13 años, por cometer el terrible delito de ir a la escuela). A todo ello cabe añadir los abusos sistemáticos de los servicios de inteligencia de la Dirección Nacional de Seguridad del Estado (que detienen, torturan y condenan a cualquier "sospechoso"), o de una policía mal formada y mal pagada, la falta de independencia judicial, las intimidaciones a ciudadanos de la etnia pashtún, las detenciones arbitrarias y/o los homicidios de defensores de los Derechos Humanos, etc.

La ocupación militar nunca ha sido un método efectivo para acabar con grupos terroristas que actúan como guerrilleros. Para sacar a Afganistán de la Edad Media y acabar con los terroristas que alberga, la nueva campaña aliada debería plantearse, pues, partiendo de estrategias contrainsurgentes realistas y con unos enfoques innovadores, mucho más centrados en actuaciones políticas, económicas, reconstructivas, diplomáticas y de inteligencia, que en la fórmula actual de bombardeos indiscriminados. Para todo ello, pues, harán más falta los sociólogos, los politólogos y los antropólogos que los expertos en desactivación de minas, o en artillería de montaña.

A lo que, por supuesto, habría que añadir la necesidad de una lucha decidida contra la corrupción y de una apuesta clara por la transparencia diplomática y política a la hora de llegar a consensos internacionales en el contexto militar de la OTAN.

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