La tribuna

Rafael Rodriguez Prieto

El conejo expiatorio

Parece que el Gobierno ha decidido volver a intentar convencernos de las bondades de consumir conejo en tiempos de crisis. Ni langostinos, ni cordero y ni siquiera pavo. El conejo como plato central de la fiesta navideña española. El conejo como solución a la crisis a la que muchas familias tratan de sobreponerse en estos conformistas días. Con una medida tan social como ésta, el Gobierno nos compensa por el aguinaldo fiscal otorgado a los banqueros y a sus ejecutivos hace tan sólo unos días. Los sobradamente ricos verán aliviadas sus pérdidas en el mundo de los fondos especulativos con una rebaja del 43% al 18 % de su tributación en el Impuesto sobre la Renta por los rendimientos de capital.

¿Pero por qué el conejo? ¿Qué sensibilidad ecológica demuestran nuestros dirigentes? ¿Han expresado su profunda consternación las asociaciones de conejos? ¿Y los conejos famosos como el del Parque Warner? Y todavía más serio: ¿tienen algo qué decir de este apocalíptico festín las conejitas del Playboy? Nada sabemos de sus reacciones o, la menos, no se ha publicado en prensa o aparecido en algún programa de las productoras "pata negra" de Canal Sur.

Vivimos días extraños. Nuestros agradecidos compañeros sindicalistas señalan que aún no hemos alcanzado el umbral para convocar una huelga general. Parece que hay que lograr un cierto número de parados para eso. Reconozco que puede ser una sabia estrategia para obtener un imprescindible puesto de privilegio en el Libro Guinness de los Récords. Es muy lógico. Quién sabe si una huelga general haría recapacitar a nuestros esforzados timoneles en torno a las consecuencias desastrosas para la mayoría, aunque muy beneficiosas para una minoría, de su política económica. ¿Y si se ven en el incómodo trance de tener que cambiarla para evitar que la rabia del populacho mueva sus confortables poltronas? ¿Qué pasaría entonces? Es cuestión de esperar. El ansiado récord está al caer. Si hay cientos de parejas jóvenes con niños que tienen que acudir a la beneficencia para subsistir o personas que no llegan a fin de mes, no importa. La cuestión es mantener la calma y aprovechar la oferta de conejo. Esto sí que es cavilar.

Lo curioso de todo esto es que haya gente que proteste porque en España, es público y notorio, no se vive como en ningún lado. Algunos maliciosos nos cuentan que España ha sido el único Estado de la OCDE donde la capacidad adquisitiva de los trabajadores ha bajado en los tiempos de auge económico. Otros afirman que nuestro país es de los lugares en donde se crea menos trabajo de calidad. Con trabajo de calidad se refieren al que posibilita a los contratados realizar una tarea laboral acorde con su formación. Es decir, que una persona que se ha formado durante años en la universidad obtenga un salario y un reconocimiento social acorde con ello. Pero, ¿qué sería entonces de los avezados estudiantes de la ESO que proclaman en clase que su padre sin haber terminado Secundaria gana más "billetes" que el maestro? ¿No tienen derecho a presumir como cualquier hijo de vecino? ¿No les crearíamos un irreparable trauma si les priváramos de ello? ¿No tendría derecho un aplicado juez a encarcelarnos en un little Guantánamo de diseño?

¿Y qué dicen algunos de nuestros heroicos empresarios de todo esto? Demasiados insisten en esperar dádivas presupuestarias y flexibilidad laboral. Me temo que con tanta flexibilidad los trabajadores van a terminar en el equipo olímpico de gimnasia. ¿Es que no es suficiente que España sea el Estado con mayor tasa de temporalidad (31%) de toda Europa? Pues no. Hay que ser aún más flexibles. Eso sí: si algún ciudadano del limbo les preguntara por qué no han invertido gran parte de lo ganado estos años en innovación y desarrollo y en mejorar la productividad y competitividad de sus productos, en vez de engordar cuentas en paraísos fiscales, sería rápidamente acusado de vulnerar los santos principios del libre mercado y de peligroso antisistema.

Es que hay que ver como están los que no se tragan que el poder siempre tiene razón, a los que cariñosamente se denomina antisistema. Se quejan de todo. En vez de loar las grandes virtudes de un modelo socioeconómico que año tras año consigue que más personas mueran de hambre y enfermedades evitables, se dedican a criticarlo. Carecen del talante para aceptar las inversiones de nuestros políticos en mejorar sus despachos, parque automovilístico o incluso los inodoros de sus palacios monclovitas. Son una panda de radicales incapaces de aplaudir las imperiales iniciativas de nuestros nacionalistas de andar por casa, dedicados a montar embajadas en bellas ciudades para mayor gloria de sus familiares proconsules o mejorar el sistema de salud exigiendo el euskera para curar a los enfermos de cuerpo y alma. Y hablando de salud: ¿de qué se quejan, ahora que vamos a tener la eutanasia exprés para liberar a la seguridad social de la incómoda carga de los viejos.

Y mientras que todo esto sucede, nadie protege al conejo expiatorio de la navidad. Inconcebible.

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