José Manuel Atencia

El congreso de quita y pon

Susana Díaz no quiere presentarse a la Secretaría General del PSOE. Lo que quiere realmente es que todos le pidan que se presente a la Secretaría General del PSOE.

EL PSOE ha decidido aplazar de nuevo el Congreso del partido hasta saber que queda de Pedro Sánchez, un dirigente que se enfrenta al mismo dilema que plantean los niños a las puertas de las casas la noche de Halloween: ¿susto o muerte? O sea, el caramelo envenenado de Podemos o la calabaza que lleva meses intentando entregarle Susana Díaz. Sánchez tiene la dicotomía política más descorazonadora en la historia de un líder recién estrenado: lograr los apoyos suficientes para alcanzar la Presidencia del Gobierno o alcanzar la mayoría absoluta en su propio partido en contra de su continuidad. En algunos sectores del PSOE están tan convencidos de lo segundo, que han decidido darle tiempo al tiempo para que Sánchez se vaya quemando a fuego lento, con el objetivo de poder recoger luego las cenizas, introducirlas en una vasija y colocarlas al lado de los jarrones chinos del partido.

En los partidos políticos ocurre, muchas veces, como en los equipos de fútbol con los entrenadores, que cuando llegan los malos resultados y empieza la cadena de dirigentes a confirmarlo en el cargo, su destitución es cada día más inmediata. El líder del PSOE vive como vive un entrenador del Real Madrid desde que este club lo preside Florentino Pérez, haga lo que termine haciendo ni tiene garantía sobre su futuro ni cuenta con el respaldo de las viejas glorias. Y así lleva el hombre desde el primer día que accedió al cargo, con la sombra de Susana Díaz planeando sobre su posible relevo. Susana Díaz es al PSOE lo que José Mourinho fue al Madrid de Florentino Pérez: un anhelado fichaje para romper la dinámica de años de derrotas. Da igual las formas y los modos, lo importante es quitar al que está.

Los socialistas llevan meses en una batalla continua entre los que quieren entrar y los que no se quieren ir, que es el eterno problema de todo partido político cuando los resultados electorales no acompañan. Y esas cosas, las de entrar y salir, se deciden en los Congresos, de ahí que el PSOE no termine de dar con la fecha apropiada para su celebración. Cuando Pedro Sánchez anunció en la noche del 20 de diciembre su decisión de continuar y retrasar hasta junio el cónclave socialista, el PSOE andaluz salió de inmediato en tropel para fijarlo en mayo y abrir la posibilidad de iniciar el recambio del líder. Sánchez, que se ha mostrado más listo de lo que sus enemigos íntimos esperaban, logró revertir la situación y colocarse de candidato a la investidura a la presidencia del Gobierno, elevando su figura política y obligando a dar un paso atrás a los que lo cuestionaban en su partido. A pesar de que les ha ganado batalla tras batalla, sus detractores siguen creyendo que todo concluirá en una contundente derrota final. Y en ello siguen.

Por eso, una vez que fracasó en su intento de investidura, los mismos que no quisieron aplazar el congreso a junio han reclamado ahora su retraso más allá de junio, convencidos de que no era una batalla fácil disputarle la secretaria general del PSOE a Pedro Sánchez ahora, por más que un sector importante de los socialistas pidieran a gritos a Susana Díaz que entrase en la contienda. Resultó increíble escuchar el otro día al número dos del PSOE andaluz, Juan Cornejo, hablar del retraso del Congreso como si le hubiera pillado de sorpresa, y que no le entrara la risa floja. A estas alturas, hay pocas cosas evidentes, pero una de ellas es que los socialistas andaluces ni estaban ni están por la labor de que Sánchez se garantice, sin pelea alguna, otros cuatro años al frente del PSOE.

Y es que si algo tiene seguro la presidente de la Junta es que no va a participar en una guerra en la que no tenga garantías absolutas de ganarla. Susana Díaz no está pensando en una victoria a los puntos, sino en un paseo triunfal: ella no quiere presentarse a la secretaría general del PSOE, quiere que todos le pidan que se presente a la secretaría general del PSOE, que suena parecido pero no es lo mismo. El runrún sobre sus deseos existe, pero no habrá certeza hasta que haya práctica unanimidad en torno a su nombre. Paso en la sucesión de Rubalcaba, cuando apareció la figura de Madina y ella decidió dar marcha atrás. Claro que lo hizo con tanto acierto que, al final, apoyó al que ahora quiere relevar.

Díaz ha dicho tantas veces que su aspiración es seguir al frente de la Junta de Andalucía, que ya no nadie tiene duda alguna de que su deseo es irse a Madrid a liderar el PSOE. Pasa como con los fichajes en el fútbol, que cuanto más niega un deportista su marcha de un club, más próxima está su salida. Y esta es la hoja de ruta: las cábalas que hacen los socialistas en Andalucía es que Sánchez no alcanzara la investidura, habrá elecciones, volverá a repetir de candidato y se estrellara de nuevo, ya que las encuestas no le auguran una mejora de los resultados. Y ahí entra en juego Susana Díaz. O mejor dicho, esperará a que entren en juego los líderes y barones de su partido para auparla como la única solución viable para el futuro del PSOE. "Yo no quería, pero me lo pidieron todos", podría ser la frase de aceptación de la presidenta de la Junta en su carrera a liderar el PSOE federal.

Los socialistas andaluces están convencidos de que el futuro de este partido pasa por el sur. Sus dirigentes sostienen en privado que cada día hay menos vida por encima de Despeñaperros, ya que el PSOE es irrelevante en Madrid, el País Vasco, Cataluña y posiblemente lo sea pronto en Galicia, tras el último fiasco con el secretario general a meses de los comicios en esta última comunidad autónoma. Al igual que sostenía Rafaella Carrá con el amor, los socialistas andaluces también consideran que para hacer bien al PSOE hay que venir al sur. Y en ese empeño parece que importa poco el reguero de juicios por corrupción que aún queda por celebrarse o las cifras de paro, esas que ponen en entredicho un modelo de Gobierno que ha mostrado una incapacidad manifiesta para hacer frente a este drama durante más de tres décadas.

En estas aspiraciones, se va a lo práctico: Andalucía es la única comunidad donde el PSOE mantiene su liderazgo, frente al PP y frente a los partidos emergentes. Y eso, para los dirigentes andaluces, está por encima de cualquier otra consideración, estrategia o realidad social. Es una lástima, sin embargo, que en todo este embrollo, los únicos que están siendo relegados sean los militantes socialistas, que llevan meses alucinando sobre las maniobras de una cúpula dirigente que pone y quita la fecha de un congreso por intereses exclusivamente partidistas.

Por cierto, toda hoja de ruta tiene una ruta alternativa. Y habrá que ver dónde queda el PSOE andaluz si Sánchez termina configurando un Gobierno o si la militancia hace oídos sordos a tantos barones sin baronías y a tantos jarrones chinos y decide, en ese futuro Congreso, que más vale Sánchez conocido que Susana Díaz de dirigente nacional por extrapolar.

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