la tribuna económica

Joaquín / Aurioles

La coraza europea

LAS secuelas de las crisis ya no se limitan a las economías donde se desencadenan, sino que se dispersan con relativa facilidad por cualquier parte del mundo. A finales de los 80 hubo una importante recesión en Noruega y en Suecia, tras una etapa de crédito abundante, que terminó alimentando la formación de una burbuja financiera e inmobiliaria. Lo intentaron arreglar con severas contracciones monetarias, pero terminaron provocando su estallido y el rescate de algunos bancos por parte de los gobiernos. Luego vino Finlandia, en este caso motivada por la desaparición del comercio tras el desplome de la Unión Soviética. También por entonces estallaba la crisis japonesa. La presión norteamericana para corregir el desequilibrio en el comercio bilateral dio lugar a una fuerte expansión del crédito y a la formación de otra burbuja financiera e inmobiliaria. El estallido fue también la consecuencia del cambio en la orientación en la política monetaria, que provocó el hundimiento de la bolsa y de tres de los principales bancos del país. El rasgo común a todas es que sus efectos más allá de las respectivas fronteras nacionales fueron limitados.

No fue el caso de la crisis mexicana de 1994. Entre sus causas, la emisión masiva de deuda pública en dólares, adquirida en su mayor parte por inversores internacionales, especialmente norteamericanos, y el pánico provocado por el pre-anuncio de la devaluación del peso. Luego vino la crisis del sudeste asiático, sin duda el primer episodio de contagio global por epidemia de origen financiero. Se produjo a principios de julio en Tailandia, cuando la autoridad monetaria del país se vio obligada a suspender la defensa de su moneda para frenar la sangría en sus reservas. Apenas diez días después habían hecho lo mismo Filipinas y Malasia y en unos meses el contagio se había esparcido por toda la zona. Los cronistas de la época señalan que sus efectos llegaron hasta la crisis rusa de 1998, entre cuyas víctimas hay que recordar a LTMC, un fondo carroñero norteamericano, rescatado por la Reserva Federal en ese mismo año, para evitar, según se dijo, una crisis financiera de dimensiones mundiales. Otra víctima de la crisis rusa fue Brasil, que también a finales de 1998 devaluaba su moneda, agravando todavía más la ya delicada situación de Argentina, que por entonces iniciaba las andanzas que terminarían por llevarla al corralito de 2001.

Europa no quiere fisuras en su armazón defensivo frente a crisis futuras y su estrategia descansa en dos pilares. Uno es el euro. El baluarte desde el que resistir cualquier amenaza que pueda venir del exterior y, de paso, el instrumento en torno al que defender una estrategia europea en el futuro escenario monetario internacional. El otro pilar es la disciplina fiscal. Disciplina casi militar en la gestión presupuestaria de unos gobiernos que no deben titubear a la hora de exigir sacrificios a sus ciudadanos. Queda por ver si en esta Europa virtuosa seguirá existiendo espacio para la solidaridad y la cohesión, entre otras cosas porque la posibilidad de ciclos no sincronizados puede ser una causa importante de ingobernabilidad.

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