Hablemos de educación

Javier Ros Pardo / Javierrospardo@hotmail.com

Algo más que cornetas y tambores (I)

Noooooooooo me suena! ¡A repetir ahí otra vez! ¡Hasta que me canse! …y aquel corrillo de aprendices, dirigidos por uno que tenía más avenates de sargento de la Legión que de músico, seguía dale que dale las horas mortales en torno a una hoguera que caldeaba algo sus deditos, tiesos de frío, allá por un neorrealista paisaje de las afueras. Cerca, algunas mamás y mocitas aguardaban estoicamente a los chavales… Y mientras en la Banda Municipal de Sevilla se "parlaba valensiá", porque, para los metales, en Sevilla difícilmente salían instrumentistas capaces de superar a los valencianos. Una estampa del pasado muy reciente de la que aún quedan grandes rescoldos.

Es sabido que para conseguir el éxito en la educación de un niño hay que conjuntar armónicamente Tres Tiempos Educativos que son: lo que aportan sus familias, es decir, lo básico; lo que reciben de los profesores que pasan por sus vidas, y luego un Tercer Tiempo Educativo, que viene a ser la variada oferta extraescolar, que suele depender de personas y estructuras educativas no formales. Ahí entran multitud de actividades (municipales o no) que con desigual fortuna ocupan su tiempo libre.

La actividad deportiva y en particular el fútbol es lo que acapara mayoritariamente el interés de los niños sevillanos fuera de las horas lectivas. Le siguen en importancia -a la vista del número de niños que movilizan- las bandas de cornetas y tambores, y las agrupaciones musicales de Sevilla. Son a la vez un espacio asociativo; constituyen un territorio emocional difícil de definir; un raro fenómeno musical en el que gracias a la combinación de sus necesidades con las enseñanzas académicas del Conservatorio, se logró que la mayoría de ellas sean capaces de interpretar con partitura. Algo impensable no hace mucho. Las hay que, aun teniendo casi 300 componentes, tienen una larga lista de espera. Un fenómeno invisible que crece y sobrevive de manera heroica en el tejido asociativo sevillano, ante la indiferencia de los munícipes de la cultura.

Al margen de su decisiva contribución al aparato escénico procesionil, ya es hora de poner en valor la silenciosa e histórica revolución que hicieron en los últimos 20 años. Todo sucedió gracias a la iniciativa y el afán de superación de unos pocos, a la constancia y el amor a la música de muchos cientos de jóvenes sevillanos, a las ganas de inmortalizar su trabajo grabando discos… y muchas cosas más. Últimamente no es raro verles ejecutar con rigor y maestría unos dificilísimos ejercicios interpretativos de viento y percusión, de una calidad y belleza que no pasan desapercibidos para nadie.

El hecho desmonta los prejuicios de los que creen que los jóvenes de ahora son incapaces de responsabilizarse con un grupo para sacar adelante un proyecto. Nos encontramos ante un fenómeno de enorme valor humano y educativo; un tema que da para mucho.

Sí: aportan con sus músicas un envolvente y barroco adobo emocional al aparato escénico de la Semana Santa, dan espectacularidad a un atractivo turístico que trae no pocos dividendos a las arcas de la ciudad, pero…¿A cambio de qué? No hace mucho los responsables de una de las bandas pedía a un munícipe cultural un espacio para no ensayar al garete, y éste le respondió: "Pues no. Si te lo dejo a ti, también tendría que hacerlo con las otras diecisiete que hay."

"No sería mala idea" -habría respondido yo-, "así se hace hasta en los más pequeños pueblos de Valencia, y les va muy bien. ¿No será mejor y más barato eso que construir un emborrachódromo?" (Continuará).

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