La ciudad y los días

Carlos Colón

El corto paseo de Juan Sierra

JUAN Sierra, el gran poeta víctima de la sevillana pasión por olvidar o borrar lo mejor de la ciudad, salió un día a dar un paseo. Y se encontró con la Sevilla nueva. Ya la conocería, porque no se borra una ciudad y se pone otra en su lugar de un día para otro. Pero todo tiene una primera vez, también el ver las cosas como son. Esa tarde estaría más triste, y la tristeza abre los ojos a la fealdad que nos exilia aún más de todo acogimiento. O se sentiría morir, porque el poema Un corto paseo, en el que dio forma perenne a las impresiones fugitivas de ese día, termina así: " Yo creo Dios mío que ya ha llegado irremisiblemente / naturalmente / mi hora de morir. / Supongo que voy muy retrasado en mi muerte".

No debía ser sólo la edad la que le hacía sentirse impuntual a su cita con la muerte, sino la desaparición de cuanto podía llamar suyo. "Estos paisajes son de cuando yo ya hubiese muerto", escribió en el primer verso de este poema triste que es el equivalente en Sierra de la prosa elegíaca del Cesantes de la belleza, de Romero Murube. "¡Qué pesado éste con Romero Murube, Sierra y otros escritores locales!", puede pensar alguien. Pues que lo piense. Ni son locales, aunque sólo sean recordados por unos pocos y aquí (es España la localista, ignorándolos). Ni yo dejaré de vivir, por decirlo a su manera, con sus nombres en los labios. De ellos aprendí tanta Sevilla como de mis padres, de Regina o de mis ojos. Los leía en el patio de la Casa de los Artistas; mientras seguía la hermosa, blanca, sierpe de calles que me llevaban de Omnium Sanctorum a San Julián por Arrayán y Ruiz Gijón; o sentado -antes se podía- en la azoteilla de la torre de la Tía Tomasa.)

La ciudad que ellos amaban agonizaba entonces. Lo poco que de ella quedó se destroza ahora. Como Juan Sierra, paseamos por paisajes que son de cuando ya nos hubiésemos muerto, "fríos a mi recuerdo, extraños a mí". La hija de Chaves Nogales -otro nombre que siempre estará en mis labios- me dijo que cada vez que volvía a Sevilla veía menos Sevilla, mientras que Londres la recibía siempre, no igual en todo a él mismo, pero sí con un gesto familiar reconocible. Es que Londres, como París, Roma o -sin irse tan lejos- Cádiz, son ciudades en las que los suyos se pueden mirar como en espejos con azogue de memorias; mientras que en Sevilla, querido Juan Sierra, nos sentimos exiliados en paisajes de cuando ya hubiésemos muerto, fríos a nuestros recuerdos. "Cesantes de la belleza. Un poco muertos ya -diría Joaquín-. Ser hoy sevillano es morir cruelmente y poco a poco, en cada calle, en cada esquina de la ciudad".

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