Desde mi córner

Luis Carlos Peris

lcperis@diariodesevilla.es

Yo también creí en Lopera... durante un tiempo

Desmontada su farsa, el pacto con él permite que se vaya de rositas sólo hasta cierto punto

Corren tiempos bonancibles para el Betis, sobre todo si los comparamos con el pasado más próximo. Tiempos que mejoran sustancialmente un pretérito ominoso en el que ejerció de único sostén su numerosa afición. Y en este tiempo de bonanza tiene relevancia especial cómo la Justicia ha apartado para los restos de la vida del club a un hombre que parecía providencial y que no pasó de ser un vulgar vendedor de mentiras.

Y voy a hacer algo que no le veo hacer a nadie y es la confesión de que desde 1994 a 1997, un servidor creyó en la bondad de Lopera como gestor de la nave bética. Fue aquel gran trienio coincidente con la presencia de Lorenzo Serra en el banquillo. Antes de la llegada del balear lo veía con reticencias, con sus numerosas leyendas urbanas haciendo de freno de mano para su credibilidad; después de que ensuciase la honorabilidad de Serra días antes de la final con el Barça ya no creí en él.

Recuerdo que cuando Lopera llegó al Betis de la mano de Pepe León le dije al muy bético y ya fallecido Juan del Nido que cómo se ponía al Betis en sus manos. Me contestó que la situación conllevaba aliarse con el Diablo si era necesario. Son puntos clave en una trayectoria plagada de ordinarieces, vetos a periodistas y peleas de corral con futbolistas y presidentes. Y en esa trayectoria, el nombre del Real Betis Balompié estaba como en almoneda y con el cartel por los suelos.

Se jactó durante años de haber salvado al Betis en aquel junio del 92 que tan continuamente recordó y, curiosamente, cuando ya su patraña estaba desmontada le surgió una suerte de esforzados defensores. Ahora, con la farsa ya oficialmente demostrada hay quienes abominan del pacto que le permite irse con los bolsillos llenos y el cartel por los suelos, pero pasan por alto que la bonanza en el Betis parece que ha dejado de ser una utopía para convertirse en espléndida realidad.

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