Reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

La crisis en la casa

Una publicidad de una cadena de tiendas de congelados luce el siguiente eslogan: "No deje que la crisis entre en su casa", como si se pudiera elegir, como si uno pudiera pertrecharse detrás de la mirilla y decidir que la crisis no cruzará el umbral, porque no nos gusta su pinta o lo que vende, porque no nos fiamos de ella, del mismo modo que hacemos con los vendedores a domicilio, con los miembros de una secta que trata de captarnos o con los falsos revisores del gas cuando nadie nos ha avisado que van a venir. Lo que sucede, en cambio, con la crisis, es que sí estamos prevenidos de su presencia inmediata, o eso es lo que piensan los optimistas, los que abren con cadena.

Y es que la crisis no es que vaya a venir a visitarnos, sino que ya está instalada en mitad del sofá, o en el mejor sitio del sofá, frente a la tele, y con el mando a distancia y del DVD y todos los demás mandos que imaginarse puedan muy bien alineados en la mesa de al lado, la de la lámpara, la que utilizamos para leer cuando ya nos aburrimos de la programación. La crisis está ahí, ocupando nuestro lugar en el mundo, pero también está en la cocina, especialmente en la nevera, y en los cuartos de baño, y en los dormitorios de los niños, en el caso de que haya niños, lo que también plantea varios desafíos a la crisis. La crisis está en las salidas para tomar unas cañas, y en las cenas de empresa, y también en el ropero para quien tenga ropero, la crisis está en el coche para quien tenga coche, y en la gasolina, y en el cine, y en la luz y en el agua. Pero todo esto no sería nada, ni siquiera las fiestas del mayor mercantilismo serían nada, al lado del papel protagonista de la crisis sobre las hipotecas. Nos habíamos creído que el mayor don de esta vida consistía en tener una casa, en una posesión, y la crisis nos ha devuelto una realidad con la que mucha gente ha vivido toda su vida, especialmente fuera de España: el alquiler, la vida como espacio autónomo de una dirección concreta, la postal.

Frente a la movilidad del alquiler, la gente ha preferido la seguridad de la propiedad. Esto ha hecho ricos a algunos, como siempre sucede, que han convertido un derecho fundamental de la Constitución que celebrabamos el pasado sábado, la vivienda digna, en un mero negocio con moneda en un injusto mercado de valores. Ahora llega la crisis para limpiarlo todo, para purificarlo todo, porque vivir sobre este consumismo sólo podía llevar al abaratamiento moral de cualquier sociedad. Cuidado con la crisis, no vaya a estar ya metida entre sus sábanas.

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