Editorial

La crisis de valores

UN joven de 19 años ha muerto este fin de semana apuñalado en la Feria de Sevilla a manos del ladrón al que perseguía. Quería recuperar una chaqueta que los detenidos por el crimen le habían quitado a un amigo suyo, cuando un cuchillo de 30 centímetros de hoja le cruzó el corazón. Absurdo. Éste no es un caso local sevillano. Es una noticia que conmueve a cualquier ser humano, sea sevillano, gaditano, almeriense... Cada fin de semana, el ambiente festivo y juvenil se degrada en las calles a medida que pasan las horas y sin necesidad de que medien ni el alcohol ni las drogas. Hay jóvenes que salen sobrios de sus casas con una navaja en el bolsillo. ¿Para qué? No es fácil entender si es una medida de defensa o es para atacar. Los familiares de Marta del Castillo todavía no comprenden por qué su hija, una niña buena y generosa, compartía su tiempo de ocio con su asesino confeso y con sus encubridores. Los padres de Juan Fernando, un joven mal estudiante, pero trabajador y con devoción para ir al encuentro de la juventud con el Papa en Colonia, tampoco entienden por qué por una simple prenda su hijo fue capaz de correr hasta el peligro y alcanzar a su verdugo. Y hay otras muchas familias anónimas que tampoco se explican por qué sus hijos han terminado en un hospital tras recibir una paliza en una noche de botellón, en la que festejaban el fin de los exámenes. El problema va más allá de las pandillas. Tiene mucho que ver con una juventud sin referentes, fracasada en los estudios y, en ocasiones, expulsada del sistema sin solución. La mejor radiografía se observa en cualquier instituto de la región. El presidente Griñán quiere convertir la educación en su principal prioridad, porque sólo con andaluces bien formados seremos capaces de competir y superar la crisis económica. Pero hay otra crisis que no tiene que ver con el dinero ni las hipotecas. Es una crisis de valores, campo en el que la sociedad entró en recesión hace décadas. Se ha culpado de la situación a la Logse y sus sucesoras, pero el sistema de enseñanza no es el único responsable. Esta crisis no se arregla sólo con ayudas y créditos, hace falta que la sociedad entera se esfuerce para mejorar la educación de nuestros adolescentes. Urge sacar a buena parte de la juventud de esa gran depresión, antes de que sea irreversible.

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