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Rafael Padilla

De culpas y culpables

ES una reacción humanísima la de buscar, ante los graves problemas económicos que nos abruman, quiénes son los culpables y cuáles las causas de esta situación tan desesperantemente incierta. Ese mecanismo de defensa puede, y acaso de este modo sólo sirva para distraer la angustia, detenerse en lo obvio, en la epidermis del colosal despropósito al que asistimos. Pero también puede -y así quizá alcance para instruirnos, si lo hubiere, sobre nuestro hipotético futuro- indagar en sus raíces, en la razón última de una catástrofe tan insólitamente perfecta.

Abundan hoy los análisis que estúpidamente se conforman con lo primero: ha sido la banca, en un principio la de inversiones y después la comercial, la que, con su comportamiento codicioso e irresponsable, nos ha colocado a las puertas del infierno. Ella y, claro, sus colaboradores necesarios: auditores, agencias de rating, controladores públicos, encargados todos de asegurarnos, a lo que se ve fallidamente, la necesaria transparencia sobre la que asentar nuestra confianza, piedra angular del sistema. Hay incluso quien, profundizando algo, se atreve a destilar enseñanzas más sólidas y certeras: "El problema de fondo de la crisis -afirma José María Roger, presidente de Fersa- es la falta de ética del sistema financiero".

Sí, por supuesto, pero el diagnóstico me parece todavía demagógicamente benévolo. La ética que Roger añora se ausentó también en los demás protagonistas del drama. Cada cual a su escala -felicito a los pocos que resistieron- ha ido alimentando con sus decisiones y con su conducta increíblemente especuladora (ese pisito que compro y revendo mañana con ganancias de escándalo; la hipoteca en la que me embarco aun sabiendo que no tendré tiempo ni dinero para amortizarla; la tarjeta exangüe a la que me empeño en seguir vampirizando; el pelotazo del que no me privo…) una economía de locos, sin más perspectiva que la de reventar. Todos, o casi, hemos despreciado los riesgos, olvidado las precauciones y soñado -qué duro es el despertar- que podíamos permitirnos lo que en realidad no podíamos. Y sin nuestra insensatez, desde luego malévolamente alentada, nunca hubiera sido posible esta espiral de consumo, avaricia, deudas y temeridad.

No me valen ahora, pues, las indignaciones hipócritas: nos lo hemos ganado a pulso y a pulso y con sangre, más pobres y más sabios, tendremos que recomenzar.

Allá por 1991, Juan Pablo II, en su encíclica Centessimus Annus nos advertía de que "la proliferación de fuentes impropias de enriquecimiento y de beneficios fáciles, basados en actividades ilegales o puramente especulativas, es uno de los obstáculos principales para el desarrollo y para el buen orden económico". Nadie quiso oírle entonces. Ojalá que nos sea dada otra oportunidad para entender cuánta verdad y cuánta cordura encerraban sus proféticas palabras.

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