la ciudad y los días

Carlos Colón

La cultura-Bulli

DECÍA ayer que el doble valor que otorga el tiempo, convirtiendo la obra en documento y madurando el juicio sobre su valor estético, garantiza que el dinero público invertido en la conservación del patrimonio sea reintegrado a los ciudadanos a través de la protección del conjunto de los bienes que han heredado de sus ascendientes. Otra cosa es que el Estado se convierta en un Lorenzo de Medici que invierta en sus caprichos (desde las vedettes de la nueva arquitectura del poder a la creación que se dice de vanguardia) el dinero de todos; dramáticamente necesario siempre, y ahora más que nunca, para garantizar una adecuada educación y sanidad públicas.

La enfermedad del Estado mecenas se ha agravado desde la creación del Ministerio de Cultura francés en 1958 a cargo de André Malraux, quien la dirigió durante una década. No fue un proyecto en principio insensato, porque Francia es Francia, Malraux era Malraux y los tiempos eran los que eran. Pero medio siglo después ha resultado tener consecuencias funestas.

Como medida transitoria, hasta que los frutos de una educación exigente hicieran posible que la cultura reflexiva no fuera exterminada por la masiva, tenía sentido que el Estado garantizara espacios creativos salvaguardados de la presión del mercado. En el caso francés, además, pesaba la defensa de la cultura nacional -la grandeur!- frente al amigo americano. Lo esencial era que el crecimiento del nivel cultural medio, por obra de la educación, fuera supliendo la asistencia estatal a la creación.

Sucedió lo contrario. El descenso de la calidad educativa y el crecimiento del Estado mecenas han abierto una brecha elitista que condena las mayorías a la cultura basura mientras las élites degustan una cultura-Bulli (también de mercado, pero de luxe) que lleva un siglo explotando el prestigio de las vanguardias históricas sin asumir sus riesgos ni igualar sus logros. Invertir en la creación descuidando la educación es alta cocina en un horizonte de hambruna.

Es necesario que se invierta en la conservación del patrimonio, entendiendo por tal también el musical o el teatral, desde la Orquesta Sinfónica o la Barroca al Maestranza o el Festival de Música Antigua. Pero basta ya de invertir dinero público en el mecenazgo de Estado. Déjese vivir a la producción artística en el mercado; y para proteger la creatividad, edúquese al público.

Por ello creo, y termino lo iniciado ayer, que la Fábrica Real de Artillería debe restaurarse y tener el uso digno de uno de los edificios industriales dieciochescos más importantes de España; pero no convertirse en otro corralito Biona de cultura y ocio alimentado con pienso público.

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