La tribuna

Manuel Ruiz Zamora

La cultura del fútbol

EN las páginas de ciencias de un diario nacional un grupo de antropólogos, esos científicos sociales que suelen considerar patrimonio de la humanidad las ceremonias más aberrantes de otras culturas mientras que juzgan como aberraciones las más inocentes de la nuestra, so pretexto de analizar la Eurocopa 2008, obsequian al lector con toda la parafernalia de tópicos a los que el, así llamado, "mundo de la cultura" nos tiene acostumbrados cada vez que aborda el fenómeno del fútbol: la violencia, las pulsiones identitarias y nacionalistas, el machismo, el racismo, la xenofobia... Jordi Salvador Lluch, por ejemplo, autor de un libro de tan científico título como Fútbol, metáfora de la Guerra Fría, afirma impávidamente: "Los estadios son islas de permisividad en los que la gente busca emociones como el peligro y la venganza y donde pueden insultar al árbitro, ser racistas y homófobos como nunca lo serían en la calle"; y Manuel Mandianes, profesor de investigación en el CSIC, sentencia a quemarropa: "En un estadio damos un salto sobre la educación y volvemos al estado natural del ser humano".

En general, los intelectuales se han hecho siempre un lío con las cosas del deporte. Aún están recientes los tiempos en que el fútbol era considerado el summun de lo reaccionario, lo vulgar y analfabeto; y aún hoy no resulta del todo infrecuente verlo convertido en la ejemplificación más significativa de la intrínseca rudimentariedad del macho frente a la exquisita complejidad espiritual de la mujer. Muchos de estos rancios prejuicios pueden remontarse a la filosofía de Platón, verdadero padre espiritual de Occidente, que decretó no sólo que el cuerpo y el alma constituían entidades diferentes y separadas, sino que la procedencia del primero era tan plebeya como aristocrática era la de la segunda.

A ello vendrían añadirse más tarde las ensoñaciones metafísicas del idealismo romántico alemán, que inauguró un concepto de cultura según el cual sólo podía considerarse tal aquello que se correspondiera con los entretenimientos de la clase social a la que pertenecían los promulgadores del término. El marxismo, por último, con su decisiva fagocitación de la clase intelectual, prescribiría que cualquier género de disfrute que alejara a la clase obrera de sus objetivos revolucionarios significaba una forma inaceptable de alienación capitalista y debía, por tanto, ser condenada sin paliativos.

El problema de los intelectuales, como cualquier persona con cierto sentido común sabe, es que, nublados por los vapores estupefacientes de sus propias ideas, apenas si han sido alguna vez capaces de ver lo obvio, que es, como ya advirtiera Zubiri, lo más difícil de ver. Si el hombre es, como sostenía Ortega, un animal para el que sólo lo superfluo es necesario, el fútbol no sólo sería cultura, sino una altísima manifestación de ésta: sin entrar en las virtualidades de un deporte que ofrece a los grupos humanos una forma civilizadísima y extremadamente creativa de sublimación de los instintos más gregarios y agresivos, lo que se desarrolla dentro del terreno de juego es un ceremonial de carácter agónico sometido a un sistema de reglas de enorme complejidad y sutileza.

Los contendientes han de poner en práctica eficaces estrategias de equipo, que no sólo no anulan, sino que implican y exigen la excelencia de las capacidades individuales puestas al servicio del colectivo. No vale cualquier cosa, sin embargo. Decía Camus que todo lo que sabía de ética lo había aprendido en el fútbol. Las normas de juego prescriben deportividad, juego limpio y respeto al adversario. Perder y ganar son igualmente honorables, pero siempre que se haya cumplido con esos preceptos normativos.

Pero, además, la eficacia resulta insuficiente si no se acompaña de cierta sugestión de armonía, de orden, de belleza. Se valora particularmente a los equipos que desarrollan un juego imaginativo, a los colectivos que ofrecen destellos de fútbol organizado e inteligente, y se desprecia en el fondo, aunque ganen, a los equipos que tan sólo ansían el triunfo a costa de lo que sea. La estética es tan importante como la ética, aunque también intentarán convencernos los circunspectos pensadores postmarxistas de la Escuela de Frankfurt de que la belleza es algo reaccionario. Nuestros adversarios alemanes de la final parecían unas víctimas propiciatorias de tal prejuicio.

Si los poetas de nuestro tiempo estuvieran menos ocupados en abrumarnos con sus trivialidades emocionales que en cantar la belleza allá donde surja, tal vez dispondríamos de un Píndaro que eternizara en versos la majestuosa solvencia de Senna, la clarividencia de Xavi, el instinto de gol de Villa… Por favor, que dejen ya de intentar convencernos de que el fútbol es la antítesis de la cultura: a estas alturas tan sólo los incultos creen que la cultura consiste en leer novelas de Almudena Grandes.

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