POR montera

Mariló Montero

Esos curas en esos locos cacharros

MIENTRAS se despedía de sus feligreses y voluntariosos ayudantes para alzar el vuelo, su rostro reflejaba la emoción por querer gritarle al mundo las carencias que se viven en un pequeño pueblo de Brasil. Justo donde él da misa a diario y donde se dedica a amortiguar la pobreza que les asola a pesar del engañoso colorido de quienes parecen reírle a todo. Hinchó mil globos de colores para sobrevolar cielos inciertos durante casi veinte horas, pero la pretensión de batir un récord se pinchó.

El cura del pueblo se vistió con un traje metalizado. Es como si para acercarte al cielo o pretender atravesarlo hubiera un protocolo que obligase a disfrazarse de una manera concreta: los astronautas se visten de plata, y él también. O quizá para decirle en plata a Dios que girase su mirada distraída. Adelir de Carli ha arriesgado su vida por algo, en principio, poco conmovedor: ayudar a un grupo de camioneros para que pudieran descansar en sus pesadas travesías en lugares alejados de los farolillos rojos. Nada que ver con una necesidad que nos mire a todos a través de los ojos inquietantes de un niño con la cara tiznada y los labios temblorosos por la pena. Pero quien lucha contra la necesidad ajena no elige a los pobres porque vive entre ellos. Adelir es de esos curas palpables que saben que la pobreza no cumple años, que no madura ni envejece y mucho menos muere. Es eterna, durará lo que dure la riqueza, porque los ricos no pueden vivir sin ella. Es un interés que se multiplica desde la gorda barriga del mundo que se aprieta el cinturón en el ecuador ahogando el camino de la libertad del submundo. Donde la hambruna se multiplica en este siglo. Así que Adelir de Carli decidió volar para ascender la pobreza hasta el cielo, cerquita de Dios. Cuando escribo esta reflexión no sé si Adelir ha sido tragado por algún dios: el de los mares, el de los cielos, el de la tierra o el dios de la fortuna. De cualquier forma, es su enseñanza la que me mueve a estar ahora con él. Con él y con quienes dan su vida por otro. Pero de verdad, dar la vida de verdad.

Ayudar a un desdichado es frustrante para quienes estamos alejados de ellos. Con los que hay entre nosotros consolamos nuestro remordimiento y no su problema: con una moneda, una charlita o una mísera complicidad. A los que estamos de este lado nos aleja la desconfianza sobre el destino incierto de las ayudas y nos hace preferir dar las cosas en mano. Pretender ayudar a título personal a un pueblo necesitado es frustrante. Por mucho que remuevas sólo encuentras buenas voluntades que se detienen en explicaciones razonables que nos ponen frente a la imposibilidad de enviarles unos cuantos libros, juguetes, medicinas, ordenadores o ropa.

Lo doloroso es que quien está a su lado también muera en el intento.

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