La Sevilla del guiri

John Julius Reel

El cursi frente al cutre

OJALÁ pudierais ver las tres cajas de cartón y papel de decoración que hice para esconder las máquinas del aire acondicionado muertas pero todavía enladrilladas en las paredes de mi casa. Las construí cuando mi mujer y yo estábamos todavía en el periodo idílico del nuestro amor. No me extrañaría que eso fuera lo que finalmente la convenció de casarse conmigo. Todas sus amigas, al ver las cajas, alucinan en colores. Cada caja es distinta, fuera de serie, una mariconada categórica.

Sí, un hombre heterosexual es capaz de elaborar algo semejante, si es estadounidense y enamorado. Me costaron, sin exageración, tres días enteros de trabajo, y además de rematar la conquista de mi entonces novia, me quitaron para siempre las ganas de hacer chapuzas en casa. Mentira. A sugerencia de mi mujer, también he forrado un armario con papel -dos días insoportables de medir, cortar y pegar para cubrir todos los malditos recovecos. Sí, eso fue el colmo. A partir de entonces, lo más parecido al bricolaje que he consentido hacer es montar muebles de Ikea, y para que haga eso, la familia tiene que dejarme totalmente solo en casa.

Mi mujer aborda las tareas domesticas con otra actitud. Si me cose un bolsillo roto, puede que vuelva a romperse la próxima vez que lleve los pantalones puestos. Pues me lo cose de nuevo. Si no encuentra toda la lista de la compra en un supermercado, no va, como yo, a otro, para volver a casa con todo lo que se proponía comprar. Va otro día, o se conforma con no comer lo que había pensado comer. Cuando edita un artículo mío, es perfectamente capaz de pasar por alto errores vergonzosos (a mi juicio), con tal de que se entienda bien la frase.

Los americanos son detallistas hasta tal punto que son, como mínimo, cursis, si no neuróticos, y los andaluces se conforman con lo que hay, siempre que funcione, hasta tal punto de que son cómplices de, como mínimo, lo cutre, si no lo chapucero. Es un tópico que juega un papel real en la convivencia entre mi mujer y yo.

Por ejemplo, mi mujer diría que no puedo hacer dos cosas al mismo tiempo. Diría yo que no puedo hacer dos cosas bien al mismo tiempo. Y porque me importa mucho hacer las cosas bien, si empiezo a hacer dos cosas, para terminar por lo menos una a mi nivel exigido, muchas veces dejaré la otra para terminarla más tarde. Si la recuerdo, claro. Con frecuencia no la recuerdo, y ahí radica la molestia para ella.

Mi pobre mujer siempre tropezando con un par de mis zapatos del 45 abandonado en los pasillos de la casa, encontrando el mando a distancia en el borde del bidé, encima del frigorífico o debajo de mi propio culo. Estoy siempre en busca de mis llaves, mi cartera, mis gafas, preguntándole dónde están, como si la culpa la tuviera ella.

Mi excusa es que lo que me ha distraído, ya sean los llantos de un niño, un idea para un artículo, un partido de baloncesto, lo hice con toda mi atención, afán y esfuerzo, y el objetivo - tranquilizar al niño, plasmar el artículo, gozar de algunas buenas jugadas - me ha salido estupendamente.

Por otro lado, mi mujer, da igual si hace muchas cosas al mismo tiempo, o sólo una, si se distrae o no, el resultado es siempre el mismo: falta el remate.

Si friega los platos, los pone en el escurreplatos de tal forma que, cuando los quito para fregar otros, incluso horas más tarde, chorrean agua y me mojan. Si cocina pasta, la deja caliente en el colador, y se atranca en una masa que me resulta incomible. Cuando baña a los niños, no les aclara bien el pelo que acaba oliendo empalagosamente a champú, al menos para mí.

La excusa de ella, bastante razonable, es que las cosas no tienen tanta importancia y que es agotador y contrario a la felicidad siempre intentar conseguir la perfección.

Me es un misterio por qué muchos andaluces resisten esta etiqueta de conformista que tenéis. Si yo pudiera ser así, lo sería. Y todos los demás maniáticos también, si son honestos consigo mismos. Cuando el resto de España se pone a criticar a los andaluces por ser perezosos, podéis tener por seguro que es envidia pura y dura.

Os pongo un ejemplo más. Mis padres, después de jubilarse, se marcharon de Nueva York, y se construyeron la casa de sus sueños en el quinto pino, en la base de una montaña. Mi madre dio caña al constructor y sus obreros para que realizaran su sueño tal como era, es decir, sin fallo alguno. Al ver la casa terminada, cualquiera habría dicho que había conseguido su sueño. Pues, ella, no. Le exasperaba, por ejemplo, que algunos de los palos de la barrera alrededor de la terraza que daba a la montaña no estuvieran distribuidos exactamente igual. Y eso, al final, era lo que veía desde la terraza, en lugar de la montaña, y yo también una vez que me lo indicó.

Los estadounidenses somos masoquistas en la búsqueda de la calidad, y eso nos corta mucho las posibilidades de disfrutar de la vida. Si mi madre viviera en mi piso en Sevilla, acabaría en el manicomio, o los obreros que contratara para poner las cosas a su nivel exigido acabarían en la cárcel por intentar matarla. Y mientras transcurriera todo eso, yo estaría buscando mis llaves, o mi cartera, o mis gafas, y mi mujer cosiendo una vez más mi bolsillo, la única con buen humor.

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