RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez Azaústre

El debate autonómico

AZNAR reabre la caja de Pandora autonómica sin Holandés Errante, que es un poco el aire nocturno sin misterio. Dice que son insostenibles diecisiete comunidades autónomas, con diecisiete gobiernos y sus consejerías, diecisiete duplicidades del Estado central. Él lo sabe bien, porque en 1996 no sólo continuó, sino que ahondó en la política de traspasos de servicios a las autonomías, reformando la administración central y el sistema de financiación, y también potenciando la participación de las autonomías en la Unión Europea. Se realizaron, además, varias transferencias competenciales por la vía excepcional del artículo 150.2 CE, como la policía de tráfico a la Generalitat catalana, que no figuraba, entonces, en el Estatuto; las reformas del sistema de financiación de las CCAA, como la Ley 21/2001, que incrementaba la potestad económica de las autonomías con la cesión de varios impuestos de gran capacidad recaudatoria, como el IRPF, y también traspasos de servicios, como la enseñanza no universitaria o las estructuras sanitarias.

Aznar estuvo en esto y lo desarrolló, seguramente para bien. Ahora, critica la criatura de diecisite cabezas que él mismo contribuyó a crear. Se reabre el debate autonómico, pero sin soluciones. Como explica Eliseo Aja en El estado autonómico, hay que rescatar la lealtad de las comunidades con el Estado central como principio general de colaboración y la obligada cooperación interautonómica, por encima de diferencias partidistas. Eso, y una nueva ética financiera, una especie de economía espartana aplicada al gasto público.

En cuanto al denostado por unos, y aplaudido por otros, café para todos autonómico, puede ser el origen del mal. En 1978, la concesión de la autonomía a Cataluña y el País Vasco fue la restitución del Estatuto hurtado por la dictadura; pero, en otras regiones, la concesión autonómica representaba un acercamiento de la política a la gente, mediante la descentralización de las nuevas estructuras democráticas. Así se generó una necesidad autonómica en territorios donde no existió nunca la reivindicación historicista, para no quedarse atrás de esa modernización. Tenía que ser así: ya en la II República, la existencia restringida de las autonomías históricas supuso un agravio comparativo también insostenible en la no menos convulsa España del 78. Esto es lo que hay, y somos lo que tenemos. No se ha fomentado la fidelidad de las comunidades al Estado central, sino una especie de rivalidad ridícula agitada por el gen balcánico de algunos nacionalistas. Necesitamos solidaridad: si los partidos independentistas, favorecidos por una ley electoral descompensada, fuerzan irresponsablemente los límites con el Estado, y las otras comunidades se continúan sumando al disparate identitario de multiplicar el gasto, esta espiral terminará explotando.

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