PSOE y PP encargaron sendas encuestas-flash al término del debate que enfrentó en Canal Sur a sus respectivos candidatos. Los dos partidos declaran haber sondeado la opinión del mismo número de andaluces: cuatrocientos. O sea, que de cada dos mil ciudadanos que siguieron el debate le preguntaron a uno.

Con esta muestrecilla se atrevieron a perpetrar dos encuestas, incluso a darles publicidad. Según la del PSOE, ganó Chaves a Arenas, por un 44% de votos frente a un 35%; según la del PP, Arenas derrotó a Chaves, por un 40,5% frente al 29,8%. La mentira demoscópica socialista resultó algo menos aparatosa que la mentira popular. Naturalmente, ambos sondeos no tienen más que una finalidad propagandística y autogratificante. Tampoco creo que se hayan gastado mucho dinero en hacerlos.

Vayamos a la parte seria. El debate, con una audiencia estimable, no deparó ninguna sorpresa. Se atuvo al guión que cabía esperar. Ya sabíamos que Javier Arenas da mejor en televisión y domina la dialéctica, especialmente en el cuerpo a cuerpo. Si fuera por eso, habría ganado las elecciones de calle a todos los demás candidatos. Se dio una prisa extraordinaria en castigar a su oponente cuestionando su honradez, que es quizás el tema que más daño le hace (a Chaves, no a Arenas), a lo que añadiría más tarde alusiones a su familia directa y a la presunta existencia de un régimen político clientelar tras veintiséis años de gobiernos socialistas.

Chaves no se amilanó. Se le notaba preparado para replicar a estas alusiones e introducir elementos ajenos al debate específicamente andaluz, como la guerra de Iraq. Se defendió bien en materia económica y en las políticas sociales -los dos primeros bloques en discusión-, pero anduvo desacertado en la segunda parte, cuando se habló de educación, infraestructuras y papel de Andalucía en el Estado de las Autonomías. Ahí se aturrulló y sacó fuera los peores defectos de su oratoria. También le perjudicó la imagen que arrastra de político con muchos años en el poder y, por tanto, con menos ambición y energía que quien propugna un cambio. Estará en desacuerdo, seguro, pero objetivamente es así.

Ninguno ganó apabullando al contrincante. En realidad los dos respondieron estrictamente a lo que representan: dos Andalucías muy reales, complementarias pero contrapuestas en su visión de la política y el progreso. Al final el debate lo habrá superado aquel que ofrezca, en este momento, más credibilidad. La derecha y la izquierda, lo nuevo y lo viejo, la continuidad y el cambio, la renovación y la tradición, la honestidad y la impudicia... estos conceptos, mezclados y enfrentados, son los que habrá barajado cada espectador. Los que tendrá en cuenta cada elector el domingo.

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